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De preguntas y respuestas. Por Oriol Pérez Treviño

Domingo, 19 de septiembre de 2021

Hay libros que parecen destinados a echar por tierra la mayoría de nuestros esquemas mentales. ¿Por qué el materialismo es un embuste? de Bernardo Kastrup, editado hace pocas semanas por Atalanta, es uno de esos libros. Siendo hoy domingo, concretamente el decimosexto después de la Trinidad, es evidente que el artículo girará sobre una de las cuatro cantatas de Johann Sebastian Bach (1685-1750) que nos han llegado para un día como el de hoy. Pero no es menos cierto que todas estas obras apuntan una temática que, de alguna forma, se relaciona con alguno de los contenidos del citado libro de Kastrup. Y es que la cantata elegida, la Liebster Gott, wenn Werd ich sterben?, BWV 8 (Dios mío, cuando me voy a morir?) se erige como una auténtica meditación sobre la realidad de la muerte, aquella verdadera maestra para el antropólogo Xavier Melloni o mejor amiga del hombre para Mozart. Abordar, escribir y reflexionar sobre la muerte tiene algo de inquietante en tener que escribir sobre una realidad que, nos guste o no, ya no sólo tendremos que vivir en forma de despedidas y funerales, sino también que, algún día, experimentaremos en primera persona y como protagonistas. O no…

Algo parece bastante claro. Parece que vivimos para poder morir algún día, por lo que como bien argumenta el citado Kastrup el miedo a la muerte que todos, en uno u otro momento, hemos podido sentir o sentimos hay que relacionarlo como una programación genética producida por la evolución. Pero esto no es del todo cierto. El ejemplo de la tribu de los zuruahás, en Brasil, tira por tierra esta supuesta programación evolutiva. Así, para los zuruahás y zuruahanas, la idea que después de la muerte el alma (asoma) se reúne con los familiares difuntos está tan arraigada que, entre los años 1980 y 1995, el 84’4% de todas las muertes adultas (esto es para la tribu, los mayores de doce años) como señala un conocido estudio de J.D.Poz, se debió al suicidio. Desconozco si esta es la palabra más indicado para señalar un acto que, para esta tribu, no supone nada de traumático o trágico, sino que se comprende como un señal inequívoco de querer mejorar la situación personal de uno. Para ellos, morir voluntariamente es un proyecto idéntico al que realizamos nosotros cuando cambiamos de ciudad donde vivimos en búsqueda de mejores oportunidades.

No quisiera, en absoluto, que alguien se tomara estas palabras como una apología del suicidio, pero sí que este paradigma de los zuruahás nos puede ayudar a comprender un poco mejor el contexto psíquico en el que se mueve esta cantata BWV 8 que, por decirlo de alguna forma, se erige como una crítica al absurdo del miedo a morir al ver este verbo como el tránsito hacia la vida eterna y definitiva. Toda ella surge a partir de la reflexión del Evangelio según San Lucas (7: 11-17) donde se explica la resurrección del hijo de una viuda de Naím.

Estrenada en Leipzig el 24 de septiembre de 1724, lo más interesante de la cantata es la forma como Bach trata esta temática. Y lo hace con una joya y una alegría de vivir que nos puede sorprender porque Bach de esto de la muerte sabía algo, al haber sido huérfano antes de los diez años, viudo a los treinta y cinco y haber enterrado un gran número de hijos suyos. Pero en musicar el texto anónimo donde utiliza el himno homónimo, de 1697, de Caspar Neumann (1648-1715), Bach realiza una auténtica declaración de intenciones que empieza en su coro inicial:

Liebster Gott, wenn werd ich sterben?

Meine Zeit läuft immer hin,

Und des alten Adams Erben,

Unter denen ich auch bin,

Haben dies zum Vaterteil,

Dass sie eine kleine Weil

Arm und elend sein auf Erden

Und denn selber Erde werden.

 

¿Amado Dios, cuándo moriré?

Mis días huyen veloces,

y de la antigua herencia de Adán,

bajo la cual estoy también,

tenemos por legado

pasar un breve lapso,

pobres y miserables en la Tierra,

y luego ser nosotros mismos tierra.

Contrariamente a lo que de una manera lógica y natural nos sugeriría este dramático texto, Bach decide realizar una de esas sublimes operaciones de genialidad donde la reflexión del «memento mori» se convierte en un momento musical de gran dulzura que viene totalmente determinado por la presencia de los oboes d’amore, el compás de 12/8 pero sobre todo por una serie de grupos de semicorcheas de la flauta travesera que, para los especialistas en retórica y figuralismo, tanto pueden poder significar el sonido funerario de las campanas como el de un reloj de cuco que desglosa grupos de 12 sonidos idénticos, indicando el final de nuestra vida.

Le sigue una espléndida aria en fa sostenido menor para tenor, oboe d’amore y bajo continuo que muestra algunas figuraciones melódicas que pueden recordarnos a la conocida celebérrima aria para contralto Erbarme dich de la Matthäus Passion BWV 244. Pero si hay otro momento de profunda emoción en esta cantata es el aria en La Mayor Behalte nur, o Welt, das Meine! para bajo acompañado de un concierto instrumental para flauta travesera, cuerdas y bajo continuo. A ritmo de siciliana y de estilo fuertemente italianizado, Bach nos conduce a unos territorios del alma cargados de la alegría propia del creyente que no duda de como la muerte es este tránsito hacia una dimensión donde poco nos pueden decir la razón y el pensamiento lógico.

Durante mucho tiempo, principalmente desde el ateísmo y el nihilismo, se nos ha querido hacer creer como la alegría de los creyentes era debida a su ignorancia en desconocer la gran verdad que todo termina con la muerte. Ahora, sin embargo, ya sabemos que este creer con «un final para siempre» no es más que una consecuencia directísima y procedente de un mal metafísico que tiene su origen, según Kastrup, en el materialismo cientificista que salpica la mayoría de nuestras actuales visiones del mundo. Hoy por hoy, sin embargo, no es menos cierto que, médicamente, tenemos más datos, gracias a las llamadas Experiencias cercanas a la muerte (ECM), que auguran el inicio de otra cosa en postular que la muerte física no es el final que sí asegura y cree el materialismo. Quizás, sin embargo, es que tampoco nos acabamos de creer aquello que poetizó el poeta Mario Bendetti: «cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas». De preguntas y respuestas.

Behalte nur, o Welt, das Meine!

Du nimmst ja selbst mein Fleisch und mein Gebeine,

So nimm auch meine Armut hin;

Genug, dass mir aus Gottes Überfluss

Das höchste Gut noch werden muss,

Genug, dass ich dort reich und selig bin.

Was aber ist von mir zu erben,

Als meines Gottes Vatertreu?

Die wird ja alle Morgen neu

Und kann nicht sterben.

 

¡Quédate con lo mío, mundo!

Tomarás mi carne y mis huesos,

toma también mi pobreza;

es suficiente que de la inmensa bondad de Dios

me venga el bien supremo,

es suficiente, pues allí seré rico y feliz.

¿Qué más puedo heredar,

sino el paternal amor de Dios?

Cada mañana se renovará

y no cesará jamás.

Oriol Pérez Ttreviño

@Oriol676388017

 

DE PREGUNTES I RESPOSTES

 

Diumenge, 19 de setembre de 2021

 

Hi ha llibres que semblen destinats a tirar-nos pel terra la majoria dels nostres esquemes mentals. ¿Por qué el materialismo es un embuste? de Bernardo Kastrup, editat fa poques setmanes per Atalanta, és un d’aquests llibres. Sent avui diumenge, concretament el setzè després de la Trinitat, és evident que l’article girarà sobre una de les quatre cantates de Johann Sebastian Bach (1685-1750) que ens han arribat per a un dia com el d’avui. Però no és menys cert que totes aquestes obres apunten una temàtica que, d’alguna forma, es relaciona amb algun dels continguts del citat llibre de Kastrup. I és que la cantata escollida, la Liebster Gott, wenn werd ich sterben?, BWV 8 (Déu meu, quan em moriré?), s’erigeix com una autèntica meditació sobre la realitat de la mort, aquella veritable mestra per a l’antropòleg Xavier Melloni o millor amiga de l’home per a Mozart. Abordar, escriure i reflexionar sobre la mort té quelcom d’inquietant en haver d’escriure sobre una realitat que, ens agradi o no, ja no només haurem de viure en forma d’adéus i enterraments, sinó també de la que algun dia, experimentarem en primera persona i com a protagonistes. O no…

 

Una cosa sembla prou clara. Sembla que vivim per poder morir algun dia, i com bé argumenta el citat Kastrup la por a la mort que tots, en un o altre moment, hem pogut sentir o sentim cal relacionar-la com una programació genètica produïda per l’evolució. Però això no és del tot cert. L’exemple de la tribu dels zuruahàs, al Brasil, tira pel terra aquesta suposada programació evolutiva. Així, per als zuruahàs i zuruahanes, la idea que després de la mort l’ànima (asoma) es reuneix amb els familiars difunts està tan arrelada que, entre els anys 1980 i 1995, el 84’4 % de totes les morts adultes (això és per a a la tribu, els majors de dotze anys) com assenyala un conegut estudi de J.D.Poz, es va deure al suïcidi. Desconec si aquest és el mot més indicat per assenyalar un acte que, per aquesta tribu, no suposa res de traumàtic o tràgic, sinó que es comprèn com un senyal inequívoc de voler millorar la seva situació personal d’un mateix. Per a ells, morir voluntàriament és un projecte idèntic al que fem nosaltres quan canviem de ciutat on vivim en búsqueda de millors oportunitats.

 

No voldria, en absolut, que algú es prengués aquestes paraules com una apologia del suïcidi, però sí que aquest paradigma dels zuruahàs ens pot ajudar a comprendre una mica millor el context psíquic en el que es mou aquesta cantata BWV 8 que, per dir-ho d’alguna forma, s’erigeix com una crítica a l’absurditat de la por a morir en veure aquest verb com el trànsit cap a la vida eterna i definitiva. Tota ella sorgeix a partir de la reflexió de l’Evangeli segons Sant Lluc (7:11-17) on se’ns explica la resurreció del fill d’una vídua de Naïm.

 

Estrenada a Leipzig el 24 de setembre de 1724, el més interessant de la cantata és la forma com Bach tracta aquesta temàtica. I ho fa amb una joia i una alegria de viure que ens pot sorprendre perquè Bach d’això de la mort en sabia alguna cosa, en haver estat orfe abans del deu anys, vidu als trenta-cinc i haver enterrat un gran nombre dels seus fills. Però en musicar el text anònim on utilitza l’himne homònim, de 1697, de Caspar Neumann (1648-1715), Bach realitza una autèntica declaració d’intencions que comença en el seu cor inicial:

 

Liebster Gott, wenn werd ich sterben?

Meine Zeit läuft immer hin,

Und des alten Adams Erben,

Unter denen ich auch bin,

Haben dies zum Vaterteil,

Dass sie eine kleine Weil

Arm und elend sein auf Erden

Und denn selber Erde werden.

 

Déu meu, quan em moriré?

Els dies em van passant,

I els descendents del vell Adam,

Dels quals en sóc fill,

Han rebut en herència del seu pare

Que després d’un breu temps

De misèria i pobresa en aquesta terra,

Es converteixin en pols.

 

Contràriament al que, d’una manera lògica i natural, ens suggeriria aquest dramàtic text, Bach decideix realitzar una d’aquelles sublims operacions de genialitat on la reflexió del «memento mori» es converteix en un moment musical de gran dolçor que ve totalment determinat per la presència dels oboès d’amore, el compàs de 12/8 però sobretot per una sèrie de grups de semicorxees de la flauta travessera que, per als especialistes en retòrica i figuralisme, tan pot significar el so funerari de les campanes com el d’un rellotge de cucú que desglossa grups 12 sons idèntics, indicant el final de la nostra vida.

 

Li segueix una esplèndida ària en fa sostingut menor per a tenor, oboè d’amore i baix continu que mostra algunes figuracions melòdiques que poden recordar  la coneguda celebèrrima ària per a contralt Erbarme dich de la Mätthaus Passion BWV 244. Però si hi ha un altre moment de profunda emoció en aquesta cantata és l’ària en La Major Behalte nur, o Welt, das Meine! per a baix acompanyat d’un concert instrumental de flauta travessera, corda i baix continu. A ritme de siciliana i d’estil fortament italianitzat, Bach ens porta a uns territoris de l’ànima carregats de l’alegria pròpia del creient que no dubta de com la mort és aquest trànsit cap a una dimensió on poca cosa tenen a dir la raó i el pensament lògic. Durant molt de temps, principalment des de l’ateisme i el nihilisme, se’ns ha volgut fer creure com l’alegria dels creients era deguda a la seva ignorància en desconèixer la gran veritat que «tot acaba amb la mort». Ara, però, ja sabem que aquest creure amb un final per sempre no és més que una conseqüència directíssima i provinent d’un mal metafísic que és conseqüència, segons Kastrup, del materialisme cientificista que esquitxa la majoria de les nostres actuals visions del món. Ara per ara, però, no és menys cert que, mèdicament, tenim més dades, gràcies a les anomenades Experiències properes a la mort (EPM) per creure el contrari: l’inici de tota una altra cosa en postul·lar que la mort física no és el final que sí assegura el materialisme. Potser, tanmateix, és que tampoc ens volem creure allò que va poetitzar el poeta Mario Bendetti: «quan crèiem que teníem totes les respostes, de sobte van canviar totes les preguntes». De preguntes i respostes.

 

Behalte nur, o Welt, das Meine!

Du nimmst ja selbst mein Fleisch und mein Gebeine,

So nimm auch meine Armut hin;

Genug, dass mir aus Gottes Überfluss

Das höchste Gut noch werden muss,

Genug, dass ich dort reich und selig bin.

Was aber ist von mir zu erben,

Als meines Gottes Vatertreu?

Die wird ja alle Morgen neu

Und kann nicht sterben.

 

Escampeu, doncs, preocupacions vanes i forassenyades!

El meu Jesús em crida: qui pot refusar la seva crida?

El món no posseeix

Res que em complagui.

Arriba, matí desitjat i beneït,

I fes-me comparèixer

En l’esplendor de la transfiguració

Davant Jesús.

 

 

 

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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