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Derecho a respirar. Por Blanca Rubí

Hace unos meses, en febrero, decidí embarcarme en una aventura hacia La India para asistir a la boda de una querida amiga sudafricana, Chantel. ¡Qué emoción! Chantel iba a casarse con el amor de su vida, un apuesto indio, en Nueva Delhi. Estaba ansiosa por sumergirme de nuevo, casi 20 años después, en la rica cultura y tradiciones de este país tan diverso. Sí, la primera vez fue en el 2005, cuando además gocé del privilegio, unos meses, de estar al servicio de Vicente Ferrer. Pero oh, vaya sorpresa me llevé al enfrentarme a la dura realidad de la contaminación y los efectos del maldito jet lag.

Llegué a Nueva Delhi por la tarde, nada más aterrizar en el aeropuerto percibí una densa neblina y esa primera noche en la ciudad me quedé sin aliento, literalmente. Me sentí como si estuviera atrapada en una nube tóxica debido a la densa niebla de contaminación que lo cubría todo. Mi garganta se irritó y mis pulmones sintieron una pesadez sofocante. Además, mi móvil me advirtió de que las partículas en el aire eran diez veces más altas que en Barcelona. En concreto, la app marcaba 634 US AQI. AQI significa “air quality index” (indice de calidad del aire) y es un sistema de medición, una escala estandarizada utilizada para proporcionar información sobre la calidad del aire.

Pero eso no fue todo. El jet lag y los cambios hormonales propios de mi edad decidieron unirse en una alianza inquebrantable. ¡Qué combinación explosiva! Apenas llegué al hotel, las oleadas de calor comenzaron a atacar mi cuerpo como si estuviera en medio de un sauna tropical. Sudoración en oleadas, potenciada por el jet lag. ¿Quién necesita un spa cuando puede experimentar este fenómeno natural en cualquier momento del día? Y, por supuesto, el insomnio también se unió a la fiesta. Después de un agotador viaje y con un cuerpo desajustado por el cambio horario, dormir se convirtió en un sueño lejano. Las horas pasaban y en mi mente tenía lugar una maratón de pensamientos. Ahí estaba yo, sin dormir y emocionalmente a flor de piel, casi sin poder respirar por la contaminación, en medio de mi querida y maravillosa India.

Al día siguiente, mientras caminaba por las bulliciosas calles de Delhi, con el cuerpo hecho polvo y la mente en modo insomne, me di cuenta de que estas experiencias únicas también tienen su lado divertido. Podía imaginarme como una estrella de cine en medio de un dramático episodio de la vida real. O simplemente podía abrazar mi lado sensible y dejarme llevar por las emociones, como si fuera un personaje de una película de Bollywood. Y así fue como, sin buscarlo, terminé en una escuela local para niños.

Abrí tímidamente la verja principal semiabierta, y entré en un recinto donde había un jardín, un pequeño huerto y al fondo una escuela. Me acerqué y me deleité leyendo las frases escritas en los muros del edificio, que me recordaron a las de las bellas escuelas de niños ciegos y sordos de la Fundación Vicente Ferrer, en los alrededores de Anantapur, la capital del estado Andrah Pradesh. Una mujer salió a mi encuentro, con una gran sonrisa y me invitó pasar a su despacho y tomar té (chai) y galletas. Me dijo que no estaban acostumbrados a recibir visitas. Desde el patio y ya en su despacho, veía niñas corretear. Me animó a visitar las aulas.

Allí, una profesora llamada Sony también me acogió cariñosamente. La ilusión que sentí al ser tratada con tanta calidez fue abrumadora. Educadísimas, las niñas tenían ojos inmensos llenos de cariño y curiosidad, y me trataban como si fuera parte de su familia. Cantaron canciones para mí y me regalaron pequeños tesoros hechos a mano. Una de ellas insistió en enseñarme sus dibujos.

Así fue como sus sonrisas radiantes iluminaron mi llegada a la India, de modo que ya nada, ni la contaminación, ni los sudores, ni el jet lag, tuvo importancia alguna: ya estaba de nuevo en La India que recordaba. Su inocencia despertó en mí un anhelo profundo de seguir en contacto con ellas de algún modo. Pero más allá de la emoción, también me di cuenta de la dura realidad con la que se enfrentaban. Muchas de esas niñas luchaban contra problemas respiratorios crónicos debido a la contaminación constante en la ciudad. Sus rostros mostraban señales de esa constante batalla por respirar en un ambiente tan contaminado. Algunas tosían, tenían ojeras, granitos y mostraban una tez pálida. Incluso en la pared de una de las aulas estaba escrito: “Say no to pollution, think of solution” (di no a la contaminación, piensa en una solución).

La contaminación en La India es un problema grave y complejo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), Nueva Delhi se encuentra entre las ciudades más contaminadas del mundo. Los principales factores que contribuyen a la mala calidad del aire son las emisiones de vehículos, la quema de biomasa, la industria y las partículas suspendidas en el aire debido a la construcción y el polvo. Los riesgos para la salud humana son alarmantes. La exposición prolongada al aire contaminado provoca enfermedades respiratorias, como el asma y el EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica). Además, se ha relacionado la contaminación del aire con un mayor riesgo de enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, cáncer de pulmón y problemas en el desarrollo. La situación es especialmente preocupante para los niños, quienes son más vulnerables a los efectos perjudiciales del aire contaminado debido a que sus sistemas respiratorios aún están en desarrollo.

Humo de Barco en el Port Vell de Barcelona. Foto de Blanca Rubí

Me resulta angustiante pensar en el impacto que esto puede tener en la salud y desarrollo cognitivo de los niños. Los pequeños merecen crecer en un entorno saludable y seguro, donde puedan respirar aire limpio y puro. Por eso, me he animado a escribir este artículo, ya que considero que es esencial comunicar nuestro descontento ante los graves problemas de contaminación en el mundo. Y no estamos tan lejos de esta realidad.

Desde la Barceloneta, contemplo con frecuencia barcos que al llegar al puerto emiten una intensa humareda negra que se disipa hacia el aire de la ciudad que todos respiramos. Así, una vez fundida con el aire de Barcelona, esta columna negra acaba desapareciendo, pero que ya no sea tan visible no significa que no nos afecte.

Humo en Barcelona

Según la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH), adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, estos son los principales derechos reconocidos:

  1. Derecho a la igualdad: Todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos, sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento u otra condición.
  2. Derecho a la vida, la libertad y la seguridad: Toda persona tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.
  3. Derecho a no ser sometido a tortura ni a tratos crueles, inhumanos o degradantes.
  4. Derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.
  5. Derecho a la libertad de expresión: Toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión, incluyendo el derecho a buscar, recibir y difundir información e ideas de cualquier tipo, sin importar fronteras.
  6. Derecho a la privacidad: Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra intromisiones arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia.
  7. Derecho a la libertad de reunión y asociación pacíficas.
  8. Derecho al trabajo digno y a condiciones justas y favorables de trabajo.
  9. Derecho a un nivel de vida adecuado: Toda persona tiene derecho a un nivel de vida suficiente que asegure su bienestar, incluyendo alimentación, vestimenta, vivienda, atención médica y servicios sociales.
  10. Derecho a la educación: Toda persona tiene derecho a la educación, que debe ser gratuita y obligatoria en los niveles elementales y fundamentales.

La contaminación es, como diría la expresión inglesa “the elephant in the room” (el elefante en la habitación) es un problema evidente pero incómodo, que nadie menciona, obvio e imposible de pasar por alto, pero el cual se elige deliberadamente ignorar. Un tema sensible y controvertido que se evita mencionar. En La India, esta realidad, la contaminación, se hace mucho más evidente. Me gustaría, con este texto, llamar la atención sobre el elefante, y fomentar una discusión abierta, ya que ignorarlo no lo hace desaparecer y reconocerlo es necesario para resolver la situación a la que nos enfrentamos.

Este escrito es tan solo un pequeño granito de arena, pero si nos unimos las cosas pueden mejorar. Espero, estimado lector de nosolocine.net, motivarte a unirte a la lucha por un entorno más limpio y saludable, y alentarte a contribuir con tu granito de arena cuando y como creas conveniente. Pienso, y quizás estarás de acuerdo conmigo, que todos tenemos derecho a respirar aire no contaminado. Por esta razón considero que debería incluirse, como si se tratara de un estandarte, en la Declaración Universal de Derechos Humanos, el derecho esencial a respirar aire puro. El derecho a respirar.

Salud (y amor) para todos, Blanca

Blanca Rubí

@blanca_holistic

Fotos 1, 2, 3, 4 y 5: Blanca Rubí

 

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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2 comments

  1. Muy interesante Blanca. Gracias.
    En Poblesec, muchas mañanas huele a fuel ⛽️ muy fuerte.

    • Gracias a ti, Iñaqui.
      Es una señal muy preocupante. Poble Sec recibe de lleno todos los humos procedentes de la combustión de los barcos. Al parecer el olor a fuel puede deberse a la combustión incompleta, o a derrames de fuel.
      Además, es muy inquietante la presencia de partículas finas (PM2.5) que están clasificadas como agentes cancerígenos por la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC). Estas partículas son muy pequeñas, con un diámetro igual o inferior a 2.5 micrómetros, lo que les permite penetrar profundamente en los pulmones y el torrente sanguíneo.
      Gracias de nuevo.

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