Sábado, 3 de octubre de 2026
Hoy, 3 de octubre de 2026, murió en la Porciúncula, a la edad de cuarenta y cuatro años, un hombre que no solo perteneció a su tiempo, sino que ha acabado perteneciendo a todos los tiempos. Se llamaba Francisco de Asís (1182-1226) y hoy hace exactamente ochocientos años que murió. Al acercarnos a él no deberíamos limitarnos a recordarlo como quien contempla una figura lejana, venerable y definitivamente instalada en el retablo de la historia. Deberíamos preguntarnos, con cierta incomodidad, qué puede decirnos todavía aquel joven de Asís que decidió abandonar la riqueza, la comodidad, el prestigio e incluso su propio nombre social para convertirse en lo que él quería ser: un hombre menor, un hermano, un pobre, un loco de Cristo. El año conmemorativo del octavo centenario de su muerte, iniciado oficialmente en Asís el pasado enero, culmina precisamente estos días.
Y quizá la primera respuesta sea esta: Francisco puede enseñarnos porque nosotros vivimos exactamente en la dirección contraria. Él hizo de la renuncia un camino hacia la libertad; nosotros hemos convertido la acumulación en una forma de seguridad. Él descubrió que poseer menos podía significar ser más; nosotros hemos construido una civilización en la que casi todo se mide por aquello que tenemos, por lo que podemos comprar, por lo que podemos exhibir o por aquello que todavía nos falta adquirir. Él miró la pobreza y descubrió en ella una posibilidad de plenitud; nosotros contemplamos cualquier forma de carencia como una derrota que hay que eliminar inmediatamente. Y es aquí donde el Poverello de Asís se convierte, ocho siglos después de su muerte, en una figura casi subversiva.

No porque Francisco nos proponga una nostalgia medieval ni porque nos invite simplemente a abandonar el mundo. Al contrario. Lo que resulta radical en él es que quiso transformarlo empezando por sí mismo. Esta es probablemente la dimensión más extraordinaria de su figura: antes de ser fundador, predicador, místico, reformador, estigmatizado o santo, Francisco fue un hombre que experimentó una transformación interior de una profundidad casi inimaginable. Había nacido como Giovanni di Pietro Bernardone, hijo de Pietro Bernardone, un rico y próspero comerciante de telas de Asís. Creció en el mundo del comercio, de las aspiraciones sociales, del dinero y del prestigio; conoció el gusto de la fiesta, la compañía de los amigos, las ambiciones propias de un joven de la burguesía ascendente. Su padre quería hacer de él, como era natural, un hombre de negocios. Pero aquel hijo destinado a continuar el negocio familiar acabaría descubriendo que su verdadera vocación consistía precisamente en despojarse de aquello que su mundo consideraba deseable.
Es difícil imaginar una ruptura más radical. No se trataba simplemente de cambiar de oficio, de cambiar de casa o de abandonar una determinada manera de vivir. Francisco cambió su relación con el mundo. El joven que había conocido el dinero comenzó a ver en la pobreza una riqueza diferente; el hijo de un mercader comenzó a acercarse a los leprosos, precisamente aquellos que antes le provocaban repugnancia y amargura; el hombre que había soñado con el reconocimiento aceptó que los demás lo tomaran por loco, que le lanzaran piedras y barro y que su propio padre lo considerara un hijo perdido.

Hay, en esta historia, una escena que contiene casi toda la revolución franciscana. Ante su padre y el obispo de Asís, Francisco se despoja de sus vestiduras y devuelve aquello que pertenece a su padre. Y cuando ya no posee nada, proclama a Dios como su verdadero Padre. Es una escena de una fuerza simbólica extraordinaria porque no estamos ante un simple gesto de renuncia patrimonial. Francisco está desmontando ante la sociedad el mecanismo por el cual había sido definido hasta entonces: hijo, heredero, comerciante, miembro de una familia, poseedor de un futuro. Se queda desnudo porque quiere empezar de nuevo. Y quizá toda transformación espiritual auténtica contiene alguna forma de esta desnudez: llegar a un lugar en el que ya no podemos protegernos detrás de aquello que tenemos, de lo que representamos o de lo que los demás esperan de nosotros.
Por eso resulta tan poderoso confrontarlo con nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad hipercapitalista que ha perfeccionado hasta extremos inimaginables el arte de convertir el deseo en necesidad. El mercado ya no nos pregunta qué necesitamos: nos enseña qué deberíamos desear. Y así, sin darnos cuenta, acabamos confundiendo la vida con la adquisición de cosas, la libertad con la capacidad de consumirlas y la felicidad con la posibilidad de acceder a ellas. La casa ya no es solo un hogar, sino un activo; el coche ya no es solo un medio de transporte, sino una extensión de la identidad; el tiempo ya no es tiempo, sino una oportunidad de rendimiento. Y mientras la riqueza se concentra, la vida cotidiana queda sometida a una contradicción cada vez más difícil de ignorar: los precios de la vivienda aumentan a un ritmo que deja atrás los ingresos de las familias. El Banco de España señala que, en una perspectiva histórica, el precio real de la vivienda en España se ha multiplicado por más de tres en los últimos cuarenta y cinco años, mientras que la renta disponible real por persona casi se ha duplicado; y en 2026 el INE continúa registrando incrementos anuales de dos dígitos en los precios de la vivienda.

Ante este paisaje, Francisco no aparece como un santo decorativo, sino como una pregunta. ¿Qué necesitamos realmente? ¿Qué nos hace falta para vivir? ¿En qué momento aquello que poseemos deja de servirnos y empieza a poseernos? Su vida parece responder con una intuición que hoy suena casi escandalosa: no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita. No hay que entender esta afirmación como un elogio ingenuo de la miseria. Francisco no convirtió la pobreza en una teoría económica, sino en una experiencia espiritual de libertad. Su problema no eran las cosas, sino nuestra esclavitud ante las cosas. No combatía la materia: combatía la posesión como forma de poder y la riqueza cuando se convierte en una barrera que impide reconocer al otro.
La distinción es fundamental. Porque Francisco no huyó del mundo: entró en él hasta el fondo. Entró en contacto con los leprosos, vivió entre campesinos, trabajó, pidió limosna, caminó por los caminos de Europa, fue a encontrarse con el sultán de Egipto y quiso llevar su mensaje hasta aquellos que eran considerados enemigos. Su radicalismo no consistía en desaparecer del mundo, sino en mirarlo de otra manera. Su Evangelio no era una teoría sobre la realidad, sino una manera de tocarla. Por eso su pobreza era inseparable de la fraternidad, y su renuncia, inseparable del amor.

Esta es también la razón por la que su figura ha sobrepasado ampliamente las fronteras del catolicismo. Desde la Edad Media se han escrito innumerables vidas, leyendas e interpretaciones sobre él. Pero precisamente esta extraordinaria popularidad ha contribuido también a convertirlo en una figura demasiado conocida y, al mismo tiempo, mal conocida. André Vauchez lo explica en su imprescindible Francisco de Asís. Entre historia y memoria, publicado este 2026 por Editorial Trotta: Francisco ha estado rodeado durante siglos de interpretaciones edificantes, románticas o fantasiosas que han acabado oscureciendo la radicalidad del personaje histórico. Vauchez, uno de los grandes historiadores de la espiritualidad medieval, intenta devolvernos al Francisco de carne y hueso, al fundador, al místico, al hombre de acción y también al hombre sometido a las tensiones que provocó el crecimiento de su propia obra.
Y quizá sea este Francisco de carne y hueso el que más necesitamos hoy. No el Francisco convertido en una estampita amable, ni el patrón de los animales reducido a una iconografía ecológica, ni el personaje simpático que habla con los pájaros. Necesitamos aquel Francisco capaz de mirar el mundo y comprender que algo dentro de él debía morir para que algo nuevo pudiera nacer. Necesitamos al joven que, después de haber querido ser caballero, escuchó una llamada que le hizo regresar a Asís; al joven que descubrió la pobreza como una dama más noble y más rica que todas las que podía haber conocido; al hombre que entró en contacto con los leprosos y transformó en amor aquello que antes le provocaba repugnancia.
Hay aquí una lección que trasciende cualquier confesionalidad: la vida no cambia realmente cuando cambiamos de circunstancias, sino cuando cambiamos la manera de mirarlas. Francisco no esperó a que el mundo se transformara para empezar a vivir de otra manera. Empezó por él. Y esta es quizá su gran herencia en una época obsesionada con transformarlo todo menos a nosotros mismos. Cambiamos las ciudades, las tecnologías, los modelos de negocio, las instituciones, los discursos, las pantallas y los objetos, pero continuamos arrastrando los mismos miedos, las mismas ambiciones, la misma necesidad de poseer, de competir, de ser reconocidos. Francisco nos recuerda que la revolución más difícil no es la que transforma el mundo exterior, sino aquella que nos obliga a dejar de ser quienes éramos.
De ahí que resulte tan significativa su encuentro con el leproso. La conversión de Francisco no pasa primero por una idea, sino por el cuerpo, por el contacto, por aquello que hasta entonces rechazaba. Es en el otro —en el otro excluido, enfermo, pobre, incómodo— donde reconoce una presencia que antes no era capaz de ver. Y esta experiencia desemboca en aquella reconstrucción de San Damián que, según la tradición, nace de las palabras del propio Cristo: «Francisco, ve y repara mi Iglesia». Él comienza reconstruyendo piedras, pero acaba entendiendo que la verdadera reconstrucción es otra. No se trata tanto de levantar muros como de devolver el sentido a una comunidad humana.
Cuando después escucha en la Porciúncula las palabras del Evangelio —no llevar bolsa, ni monedero, ni sandalias—, su vocación queda definitivamente orientada hacia una vida de austeridad y predicación. Y lo más extraordinario es que aquel hombre a quien muchos habían considerado un loco acaba encontrando personas dispuestas a seguirlo. En pocos meses ya son once sus compañeros; nace una fraternidad que acabará extendiéndose por Europa y que dará lugar a una de las grandes familias espirituales de la historia occidental.
Pero todavía hay otra lección que hoy nos convendría escuchar. Cuando el movimiento crece y algunos proponen que los frailes sean dirigidos por hombres más sabios y adopten formas más acomodadas, Francisco se resiste. No quiere que sus hermanos se conviertan en grandes. Quiere que continúen siendo menores. Es una palabra preciosa y casi imposible de entender en una civilización que parece haber convertido el éxito en obligación. Nosotros queremos crecer, ascender, acumular, destacar, tener más seguidores, más influencia, más patrimonio, más visibilidad. Francisco propone exactamente lo contrario: hacerse menor. No para odiarse, sino para dejar espacio al otro.
Y aún más radical resulta el final. En 1224, en la montaña de La Verna, Francisco se adentra en el silencio, la oración y la soledad. Allí, según la tradición, recibe los estigmas, las marcas de la Pasión de Cristo. Es el primer caso conocido de estigmatización visible y externa, y él mismo intenta ocultarlas por considerarse indigno de exhibir las señales de la Pasión. Esta escena puede ser leída desde la fe o desde la historia, pero en cualquier caso contiene una imagen de una fuerza extraordinaria: después de haber pasado toda la vida intentando desprenderse del poder, del prestigio y de la posesión, Francisco acaba llevando en su propio cuerpo el signo de aquello que más profundamente ama. Su transformación ya no es solo moral o intelectual. Ha penetrado hasta el cuerpo.
Y cuando el cuerpo ya no puede más, cuando la enfermedad y el dolor han hecho imposible cualquier idealización, Francisco compone el Cántico de las criaturas. Es una de las contradicciones más bellas de su existencia: cuando está físicamente destruido, es capaz de cantar. Cuando se acerca la muerte, no maldice la vida, sino que reconoce en ella al hermano Sol, a la hermana Luna, al agua, al fuego, a la tierra y, finalmente, a la propia muerte. Su último gesto no es retener, sino soltar. No es acumular, sino dar las gracias. No es conquistar, sino reconciliarse.
Esto es lo que hace de Francisco una de las grandes figuras que ha dado jamás la humanidad. No solo porque fuera santo, ni porque fundara una orden que cambiaría la historia del cristianismo, ni porque su vida estuviera rodeada de milagros y leyendas. Lo es porque consiguió algo extraordinariamente difícil: vivir de acuerdo con aquello que había descubierto y creía. Entre el pensamiento y la existencia no dejó casi ninguna distancia. Creyó que la pobreza liberaba y vivió pobre. Creyó que el otro era hermano y fue a su encuentro. Creyó que la creación era un don y la cantó. Creyó que la muerte podía ser hermana y la recibió sin dejar de cantar.
Quizá por eso Francisco resulta tan incómodo en este comienzo del siglo XXI. Porque nosotros hemos hecho de lo contrario una forma de sistema. Hemos construido una sociedad que confunde bienestar con acumulación, progreso con crecimiento permanente, libertad con capacidad de consumo y felicidad con disponibilidad económica. E incluso cuando la realidad nos dice que algo no funciona, a menudo nuestra respuesta consiste en consumir un poco más. Si la vivienda se encarece, buscamos más endeudamiento; si la ciudad se llena de coches, matriculamos más; si nos falta tiempo, inventamos mecanismos para producir más rápidamente. La paradoja es que hemos conseguido una civilización extraordinariamente rica habitada por personas cada vez más pobres de tiempo, de silencio, de comunidad y, a menudo, de sentido.
Es en este punto cuando Francisco deja de ser un personaje del siglo XIII y se convierte en un contemporáneo nuestro. No porque nos ofrezca recetas económicas, sino porque nos obliga a formular una pregunta anterior a todas las demás: ¿qué es suficiente? Quizá la pregunta más revolucionaria de nuestro tiempo no sea cómo tener más, sino cómo llegar a saber cuándo ya tenemos suficiente. Y esta pregunta, que para nosotros parece casi incomprensible, constituyó el centro de una vida.
El Poverello no nos pide que renunciemos a la civilización, ni que volvamos a vivir como en el siglo XIII. Nos pide algo mucho más difícil: que seamos capaces de discernir entre aquello que necesitamos y aquello que nos necesita a nosotros; entre aquello que poseemos y aquello que acaba poseyéndonos; entre el valor de una cosa y su precio; entre vivir y consumir vida. En una sociedad que ha convertido el deseo en motor económico, Francisco nos recuerda que existe una forma superior de riqueza que comienza exactamente allí donde termina la necesidad de tener.
Ochocientos años después de su muerte, Francisco sigue caminando. Camina por las calles de una Europa cansada, por los barrios donde la vivienda se convierte en privilegio, por los lugares donde la pobreza es invisible porque hemos aprendido a no mirarla, por los espacios naturales que todavía nos resistimos a convertir en mercancía, por las conciencias de quienes sienten que algo no acaba de encajar en este modelo de felicidad obligatoria. Camina también dentro de nosotros, si todavía somos capaces de escucharlo.
Quizá hoy, ante el ruido incesante de un mundo que nos dice que debemos comprar, poseer, crecer, competir y acumular, deberíamos volver a escuchar aquella voz que nació hace ocho siglos en Asís. La voz de un hombre que lo tuvo casi todo y que un día comprendió que no poseía nada que pudiera salvarlo; la voz de un hombre que abandonó el patrimonio de su padre para descubrir otra herencia; la voz de un loco que acabó siendo escuchado por reyes, papas, pobres y poderosos; la voz de un estigmatizado que ocultó sus heridas; la voz de un moribundo que cantó.
Y entonces quizá entenderíamos que la grandeza de Francisco no consiste solo en haber sido capaz de dejarlo todo. Consiste, sobre todo, en haber descubierto que cuando el hombre deja de querer poseer el mundo, el mundo puede empezar a ser contemplado como un don. Esto es lo que todavía nos enseña el Poverello: que quizá no somos pobres porque tenemos poco. Lo somos porque necesitamos demasiado.
Y que, en una civilización que nos promete cada día que la salvación consiste en tener más, todavía existe una voz antigua, obstinadamente viva, que nos recuerda que quizá la verdadera libertad comienza cuando ya no necesitamos tener nada para sentir que lo tenemos todo.
EL POBRET D’ASSÍS CONTRA EL MÓN QUE HO VOL TENIR TOT
Dissabte, 3 d’octubre de 2026
Avui, 3 d’octubre de 2026, va morir a la Porciúncula, a l’edat de quaranta-quatre anys un home quenonomés va pertànyer alseu temps sinó que ha acabat pertanyent a tots els temps. Es deia Francesc d’Assís (1182-1226) i avui fa exactament vuit-cents anys que vamorir. En acsotar-nos-hi no hauríem de limitar-nos a recordar-lo com qui contempla una figura llunyana, venerable i definitivament instal·lada en el retaule de la història. Hauríem de preguntar-nos, amb una certa incomoditat, què pot dir-nos encara aquell jove d’Assís que va decidir abandonar la riquesa, la comoditat, el prestigi i fins i tot el seu propi nom social per convertir-se en el que ell volia ser: un home menor, un germà, un pobre, un foll de Crist. L’any commemoratiu del vuitè centenari de la seva mort, iniciat oficialment a Assís el gener passat, culmina precisament aquests dies.
I potser la primera resposta sigui aquesta: Francesc ens pot ensenyar perquè nosaltres vivim exactament en la direcció contrària. Ell va fer de la renúncia un camí cap a la llibertat; nosaltres hem convertit l’acumulació en una forma de seguretat. Ell va descobrir que posseir menys podia significar ser més; nosaltres hem construït una civilització en què gairebé tot es mesura per allò que tenim, pel que podem comprar, pel que podem exhibir o per allò que encara ens falta adquirir. Ell va mirar la pobresa i hi va descobrir una possibilitat de plenitud; nosaltres contemplem qualsevol forma de mancança com una derrota que cal eliminar immediatament. I és aquí on el Poverello d’Assís es converteix, vuit segles després de la seva mort, en una figura gairebé subversiva.
No perquè Francesc ens proposi una nostàlgia medieval ni perquè ens convidi simplement a abandonar el món. Ben al contrari. El que resulta radical en ell és que va voler transformar-lo començant per ell mateix. Aquesta és probablement la dimensió més extraordinària de la seva figura: abans de ser fundador, predicador, místic, reformador, estigmatitzat o sant, Francesc va ser un home que va experimentar una transformació interior d’una profunditat gairebé inimaginable. Havia nascut com a Giovanni di Pietro Bernardone, fill de Pietro Bernardone, un ric i pròsper comerciant de teles d’Assís. Va créixer en el món del comerç, de les aspiracions socials, dels diners i del prestigi; va conèixer el gust de la festa, la companyia dels amics, les ambicions pròpies d’un jove de la burgesia ascendent. El seu pare volia fer d’ell, com era natural, un home de negocis. Però aquell fill destinat a continuar el negoci familiar acabaria descobrint que la seva veritable vocació consistia precisament a desposseir-se d’allò que el seu món considerava desitjable.
És difícil imaginar una ruptura més radical. No es tractava simplement de canviar d’ofici, de canviar de casa o d’abandonar una determinada manera de viure. Francesc va canviar la seva relació amb el món. El jove que havia conegut els diners va començar a veure en la pobresa una riquesa diferent; el fill d’un mercader va començar a acostar-se als leprosos, precisament aquells que abans li provocaven fàstic i amargor; l’home que havia somiat amb el reconeixement va acceptar que els altres el prenguessin per boig, que li llancessin pedres i fang i que el seu propi pare el considerés un fill perdut.
Hi ha, en aquesta història, una escena que conté gairebé tota la revolució franciscana. Davant del seu pare i del bisbe d’Assís, Francesc es despulla de les seves vestidures i retorna allò que pertany al pare. I quan ja no posseeix res, proclama Déu com el seu veritable Pare. És una escena d’una força simbòlica extraordinària perquè no estem davant d’un simple gest de renúncia patrimonial. Francesc està desmuntant davant de la societat el mecanisme pel qual havia estat definit fins aleshores: fill, hereu, comerciant, membre d’una família, posseïdor d’un futur. Es queda nu perquè vol començar de nou. I potser tota transformació espiritual autèntica conté alguna forma d’aquesta nuesa: arribar a un lloc en què ja no podem protegir-nos darrere d’allò que tenim, del que representem o del que els altres esperen de nosaltres.
Per això resulta tan poderós confrontar-lo amb el nostre temps. Vivim en una societat hipercapitalista que ha perfeccionat fins a extrems inimaginables l’art de convertir el desig en necessitat. El mercat ja no ens pregunta què necessitem: ens ensenya què hauríem de desitjar. I així, sense adonar-nos-en, acabem confonent la vida amb l’adquisició de coses, la llibertat amb la capacitat de consumir-les i la felicitat amb la possibilitat d’accedir-hi. La casa ja no és només una llar sinó un actiu; el cotxe ja no és només un mitjà de transport sinó una extensió de la identitat; el temps ja no és temps sinó una oportunitat de rendiment. I mentre la riquesa es concentra, la vida quotidiana queda sotmesa a una contradicció cada vegada més difícil d’ignorar: els preus de l’habitatge augmenten a un ritme que deixa enrere els ingressos de les famílies. El Banc d’Espanya assenyala que, en una perspectiva històrica, el preu real de l’habitatge a Espanya s’ha multiplicat per més de tres en els darrers quaranta-cinc anys, mentre que la renda disponible real per persona gairebé s’ha duplicat; i el 2026 l’INE continua registrant increments anuals de dos dígits en els preus de l’habitatge.
Davant d’aquest paisatge, Francesc no apareix com un sant decoratiu sinó com una pregunta. Què necessitem realment? Què ens cal per viure? En quin moment el que posseïm deixa de servir-nos i comença a posseir-nos? La seva vida sembla respondre amb una intuïció que avui sona gairebé escandalosa: no és més ric qui més té, sinó qui menys necessita. No cal entendre aquesta afirmació com un elogi ingenu de la misèria. Francesc no va convertir la pobresa en una teoria econòmica, sinó en una experiència espiritual de llibertat. El seu problema no eren les coses, sinó la nostra esclavitud davant de les coses. No combatia la matèria: combatia la possessió com a forma de poder i la riquesa quan es converteix en una barrera que impedeix reconèixer l’altre.
La distinció és fonamental. Perquè Francesc no va fugir del món: hi va entrar fins al fons. Va entrar en contacte amb els leprosos, va viure entre camperols, va treballar, va demanar almoina, va caminar pels camins d’Europa, va anar a trobar el soldà d’Egipte i va voler portar el seu missatge fins a aquells que eren considerats enemics. El seu radicalisme no consistia a desaparèixer del món sinó a mirar-lo d’una altra manera. El seu Evangeli no era una teoria sobre la realitat sinó una manera de tocar-la. Per això la seva pobresa era inseparable de la fraternitat, i la seva renúncia, inseparable de l’amor.
Aquesta és també la raó per la qual la seva figura ha sobrepassat àmpliament les fronteres del catolicisme. Des de l’Edat mitjana s’han escrit innombrables vides, llegendes i interpretacions sobre ell. Però precisament aquesta extraordinària popularitat ha contribuït també a convertir-lo en una figura massa coneguda i, al mateix temps, mal coneguda. André Vauchez ho explica en el seu imprescindible Francisco de Asís. Entre historia y memoria, publicat aquest 2026 per Editorial Trotta: Francesc ha estat envoltat durant segles per interpretacions edificants, romàntiques o fantasioses que han acabat enfosquint la radicalitat del personatge històric. Vauchez, un dels grans historiadors de l’espiritualitat medieval, intenta retornar-nos el Francesc de carn i ossos, el fundador, el místic, l’home d’acció i també l’home sotmès a les tensions que va provocar el creixement de la seva pròpia obra.
I potser és aquest Francesc de carn i ossos el que més necessitem avui. No el Francesc convertit en estampeta amable, ni el patró dels animals reduït a una icona ecològica, ni el personatge simpàtic que parla amb els ocells. Necessitem aquell Francesc capaç de mirar el món i comprendre que alguna cosa dins seu havia de morir perquè alguna cosa nova pogués néixer. Necessitem el jove que, després d’haver volgut ser cavaller, va escoltar una crida que el va fer tornar a Assís; el jove que va descobrir la pobresa com una dama més noble i més rica que totes les que podia haver conegut; l’home que va entrar en contacte amb els leprosos i va transformar en amor allò que abans li provocava repugnància.
Hi ha aquí una lliçó que transcendeix qualsevol confessionalitat: la vida no canvia realment quan canviem de circumstàncies, sinó quan canviem la manera de mirar-les. Francesc no va esperar que el món es transformés per començar a viure d’una altra manera. Va començar per ell. I aquesta és potser la seva gran herència en una època obsessionada amb transformar-ho tot menys nosaltres mateixos. Canviem les ciutats, les tecnologies, els models de negoci, les institucions, els discursos, les pantalles i els objectes, però continuem arrossegant les mateixes pors, les mateixes ambicions, la mateixa necessitat de posseir, de competir, de ser reconeguts. Francesc ens recorda que la revolució més difícil no és la que transforma el món exterior, sinó aquella que ens obliga a deixar de ser qui érem.
D’aquí que resulti tan significativa la seva trobada amb el leprós. La conversió de Francesc no passa primer per una idea sinó pel cos, pel contacte, per allò que fins aleshores rebutjava. És en l’altre —en l’altre exclòs, malalt, pobre, incòmode— on reconeix una presència que abans no era capaç de veure. I aquesta experiència desemboca en aquella reconstrucció de Sant Damià que, segons la tradició, neix de les paraules del propi Crist: «Francesc, vés i repara la meva església». Ell comença reconstruint pedres, però acaba entenent que la veritable reconstrucció és una altra. No es tracta tant d’aixecar murs com de tornar a donar sentit a una comunitat humana.
Quan després escolta a la Porciúncula les paraules de l’Evangeli —no portar bossa, ni moneder, ni sandàlies—, la seva vocació queda definitivament orientada cap a una vida d’austeritat i predicació. I el més extraordinari és que aquell home que molts havien considerat un foll acaba trobant persones disposades a seguir-lo. En pocs mesos ja són onze els seus companys; neix una fraternitat que acabarà estenent-se per Europa i que donarà lloc a una de les grans famílies espirituals de la història occidental.
Però encara hi ha una altra lliçó que avui ens convindria escoltar. Quan el moviment creix i alguns proposen que els frares siguin dirigits per homes més savis i adopten formes més acomodades, Francesc s’hi resisteix. No vol que els seus germans es converteixin en grans. Vol que continuïn sent menors. És una paraula preciosa i gairebé impossible d’entendre en una civilització que sembla haver convertit l’èxit en obligació. Nosaltres volem créixer, ascendir, acumular, destacar, tenir més seguidors, més influència, més patrimoni, més visibilitat. Francesc proposa exactament el contrari: fer-se menor. No per odiar-se, sinó per deixar espai a l’altre.
I encara més radical resulta el final. El 1224, a la muntanya de la Verna, Francesc s’endinsa en el silenci, la pregària i la solitud. Allí, segons la tradició, rep els estigmes, les marques de la Passió de Crist. És el primer cas conegut d’estigmatització visible i externa, i ell mateix intenta ocultar-les per considerar-se indigne d’exhibir els senyals de la Passió. Aquesta escena pot ser llegida des de la fe o des de la història, però en qualsevol cas conté una imatge d’una força extraordinària: després d’haver passat tota la vida intentant desprendre’s del poder, del prestigi i de la possessió, Francesc acaba portant en el propi cos el signe d’allò que més profundament estima. La seva transformació ja no és només moral o intel·lectual. Ha penetrat fins al cos.
I quan el cos ja no pot més, quan la malaltia i el dolor han fet impossible qualsevol idealització, Francesc compon el Càntic de les criatures. És una de les contradiccions més belles de la seva existència: quan està físicament destruït, és capaç de cantar. Quan s’acosta la mort, no maleeix la vida sinó que hi reconeix el germà Sol, la germana Lluna, l’aigua, el foc, la terra i, finalment, la mateixa mort. El seu últim gest no és retenir sinó deixar anar. No és acumular sinó donar gràcies. No és conquerir sinó reconciliar-se.
Això és el que fa de Francesc una de les grans figures que ha donat mai la humanitat. No només perquè fos sant, ni perquè fundés un orde que canviaria la història del cristianisme, ni perquè la seva vida estigués envoltada de miracles i llegendes. Ho és perquè va aconseguir una cosa extraordinàriament difícil: viure d’acord amb allò que havia descobert i creia. Entre el pensament i l’existència no hi va deixar gairebé cap distància. Va creure que la pobresa alliberava i va viure pobre. Va creure que l’altre era germà i va anar a trobar-lo. Va creure que la creació era un do i la va cantar. Va creure que la mort podia ser germana i la va rebre sense deixar de cantar.
Potser per això Francesc resulta tan incòmode en aquest començament del segle XXI. Perquè nosaltres hem fet del contrari una forma de sistema. Hem construït una societat que confon benestar amb acumulació, progrés amb creixement permanent, llibertat amb capacitat de consum i felicitat amb disponibilitat econòmica. I fins i tot quan la realitat ens diu que alguna cosa no funciona, sovint la nostra resposta consisteix a consumir una mica més. Si l’habitatge s’encareix, busquem més endeutament; si la ciutat s’omple de cotxes, en matriculem més; si el temps ens falta, inventem mecanismes per produir més ràpidament. La paradoxa és que hem aconseguit una civilització extraordinàriament rica habitada per persones cada vegada més pobres de temps, de silenci, de comunitat i, sovint, de sentit.
És en aquest punt que Francesc deixa de ser un personatge del segle XIII i es converteix en un contemporani nostre. No perquè ens ofereixi receptes econòmiques, sinó perquè ens obliga a formular una pregunta anterior a totes les altres: què és suficient? Potser la pregunta més revolucionària del nostre temps no és com tenir més, sinó com arribar a saber quan ja en tenim prou. I aquesta pregunta, que per a nosaltres sembla gairebé incomprensible, va constituir el centre d’una vida.
El Poverello no ens demana que renunciem a la civilització, ni que tornem a viure com al segle XIII. Ens demana una cosa molt més difícil: que siguem capaços de discernir entre allò que necessitem i allò que ens necessita a nosaltres; entre allò que posseïm i allò que acaba posseint-nos; entre el valor d’una cosa i el seu preu; entre viure i consumir vida. En una societat que ha convertit el desig en motor econòmic, Francesc ens recorda que hi ha una forma superior de riquesa que comença exactament allà on acaba la necessitat de tenir.
Vuit-cents anys després de la seva mort, Francesc continua caminant. Camina pels carrers d’una Europa cansada, pels barris on l’habitatge es converteix en privilegi, pels llocs on la pobresa és invisible perquè hem après a no mirar-la, pels espais naturals que encara resistim a convertir en mercaderia, per les consciències dels qui senten que alguna cosa no acaba d’encaixar en aquest model de felicitat obligatòria. Camina també dins nostre, si encara som capaços d’escoltar-lo.
Potser avui, davant del soroll incessant d’un món que ens diu que hem de comprar, posseir, créixer, competir i acumular, hauríem de tornar a escoltar aquella veu que va néixer fa vuit segles a Assís. La veu d’un home que ho va tenir gairebé tot i que un dia va comprendre que no posseïa res que pogués salvar-lo; la veu d’un home que va abandonar el patrimoni del pare per descobrir una altra herència; la veu d’un foll que va acabar sent escoltat per reis, papes, pobres i poderosos; la veu d’un estigmatitzat que va ocultar les seves ferides; la veu d’un moribund que va cantar.
I aleshores potser entendríem que la grandesa de Francesc no consisteix només en haver estat capaç de deixar-ho tot. Consisteix, sobretot, en haver descobert que quan l’home deixa de voler posseir el món, el món pot començar a ser contemplat com un do. Això és el que encara ens ensenya el Poverello: que potser no som pobres perquè tenim poc. Hosom perquè necessitem massa.
I que, en una civilització que ens promet cada dia que la salvació consisteix a tenir més, encara hi ha una veu antiga, obstinadament viva, que ens recorda que potser la veritable llibertat comença quan ja no necessitem tenir res per sentir que ho tenim tot.
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