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Entrevista con el periodista y escritor Miquel Molina. Por Txerra Cirbián

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El periodista y escritor Miquel Molina es autor de dos novelas y de varios ensayos, entre ellos uno sobre el Everest y otro sobre el llamado Negro de Banyoles. Director adjunto del diario ‘La Vanguardia’, donde publica un artículo dominical sobre cultura y ciudades, es un hombre discreto y poco dado a las tertulias radiofónicas o televisivas. Con 59 años y dos hijos, es un periodista de raza que ha pasado por diferentes diarios y secciones, hasta su responsabilidad actual, que compagina con la literatura. Premio al periodismo no sexista, también es autor de los libros de viajes ‘Cinco horas en Venecia’ y el reciente ‘Siete días en la Riviera’, que saldrá a la venta en los próximos días.

 

– He visto y leído algunas, muy pocas, entrevistas contigo. He seguido tus carreras periodística y literaria, que me gustaría descubrir a los lectores de Nosolocine. Si te parece, podemos empezar por el principio. ¿Cómo llegaste al periodismo?

– Por dos factores. Uno, que mi padre es un lector de periódicos compulsivo. En mi etapa de juventud eran el Correo Catalán y luego El Periódico. Y segundo, que quería escribir novelas y pensé que Periodismo era la carrera que más me acercaba a eso. Luego ocurrió lo que suele pasar: que me gustó tanto el periodismo que me olvidé de ser escritor hasta hace relativamente poco. Mi primer libro publicado, que son una serie de crónicas sobre el Everest, es del 2007, cuando ya tenía 44 años.

 

– ¿Nadie de tu familia tenía relación con el periodismo?

– En absoluto. Mi padre era auxiliar de Farmacia, pero leía mucho.

– ¿Qué lecturas te llevaron hacia la escritura?

– No hubo una en concreto, pero sí que era un lector inquieto. Novelas de aventuras, Julio Verne sobre todo. Enid Blyton me influyó bastante… Eran autores que aumentaron mis ganas de escribir. Y tuve la suerte de que en aquella época, el sistema escolar incluía unos contenidos de literatura española, catalana y universal muy potentes. Y ya en la etapa de secundaria, di el salto a los existencialistas franceses, a nuestros Marsé, Mendoza, Goytisolo… Además, tuve la suerte de haber tenido profesores muy buenos. A uno de ellos le dediqué un homenaje en ‘Una flor del mal’ a través de uno de los personajes protagonistas: Guillermo Jiménez está basado en un personaje real, que se llamaba José Carlos Menéndez y murió hace poco. Era un hombre polémico, porque tenía unos métodos poco ortodoxos. Se saltaba las normas, como el de la novela. Pero consiguió inculcarnos, a varios de los que fuimos a aquel curso, la afición a la literatura. Te hacía vivir la literatura muy intensamente.

– Supongo que también Gustave Flaubert y su ‘Madame Bovary’, que es un eje de esa novela tuya…

– Sí, claro, Flaubert… y Stendhal… y ‘El Quijote’. En aquella época era obligatorio como lectura, aunque no todo el mundo lo leyera. Recuerdo habérmelo leído, instigado además por mi abuelo paterno, que era un gran lector de El Quijote.

– No sería manchego, por casualidad…
– No. La familia de mi padre es de Jaén. Eran de Mancha Real, aunque mi padre ya nació en Barcelona. El padre de mi madre era de Tarragona y mi abuela materna, de Zaragoza.

– O sea, que la referencia a Bonansa con la que finalizas uno de tus libros no se refiere a ningún lugar u origen familiar…

– Nooo. Es que lo acabé de escribir en el hotel de unos amigos periodistas, Mercè Gili y Javier Ricou, que son muy amigos míos desde que estuvimos en el diario ‘Segre’ de Lleida. Y tienen ese hotel en Bonansa (Huesca), que está muy bien.

– Ya que citas el ‘Segre’, volvamos pues a tus inicios como periodista.

– Empecé como colaborador de una agencia de reportajes, que se llamaba Avant Press, que crearon dos argentinos, Alicia Gallotti y Alberto Speratti. Ella acabó dirigiendo el ‘Playboy España’, creo, y especializándose en sexualidad. Me encargaron varios reportajes. Uno de ellos, sobre energía solar, se publicó ya entonces, en 1982, en ‘La Vanguardia’. Otro sobre el debut sexual de los adolescentes que se publicó en Gaceta Ilustrada. También empecé a publicar en una revista de vídeo con la llegada y el boom del vídeo. Videostar, creo que se llamaba. Hacía lo que me encargaban.

– Y eso que aún estabas estudiando…
– Cuando acabé la carrera en 1986, envié cartas a todos los directores de periódico que encontré. Y de todos aquellos, sólo me contestó el del ‘Segre’ de Lleida. Y allí me fui, en noviembre de ese mismo año.

– Nada menos que a Lleida.

– Sí, sí. Fui a probar y me quedé seis años. Tuve la suerte de coincidir con una redacción muy potente en aquel momento. Estaban los directores actuales, pero había redactores como Carles Porta (‘Crims’), amigo de la mesa de al lado; Anna Gómez, ahora subdirectora de Segre que también está en RAC1; Glòria Farré, también subdirectora; Lluís Caelles, que también está en TV-3.

– Luego pasaste a ‘El Periódico’.

– Me fichó Juancho Dumall para ‘El Periódico de Aragón’, que necesitaba un jefe de Economía. Yo había hecho Economía en ‘Segre’ y me fui a Zaragoza una semana antes de los JJOO de Barcelona 92. Y allí estuve dos años de jefe de Economía. En aquella época, mi mujer vivía en Francia (se había ido a montar la Escuela de Idiomas de la Cámara de Comercio de Montpellier) y yo en Zaragoza, y decidimos reagruparnos en Barcelona. Durante varios meses estuve colaborando en el suplemento de Economía de ‘El Periódico de Catalunya’.

– ¿Cómo llegaste a La Vanguardia?

– En el verano de 1995 me fichó Carles Esteban para el Cierre y luego pasé a Política con José Antich, aunque la idea era poner en marcha las páginas de la sección Vivir junto a Enric Juliana y Lluís Uria, y con Marta Ricart. Mientras se tomaba la decisión de ponerlo en marcha, fui pasando por diferentes áreas. Después del periodo de subjefe del Vivir, se produjo el relevo de Joan Tapia por José Antich, este me nombra subjefe de Política, junto a Lluís Uria, con Jordi Barbeta como redactor jefe. Estuve dos años allí, durante la época dura del Comando Barcelona de ETA, y a finales del 2002, Antich me hizo jefe de Sociedad, donde estuve cinco años.

– El hecho de tener cargos de responsabilidad, ¿hace que escribas menos?

– Bueno, sí. Pero, además de gestionar, me busqué mis áreas, aquellos temas que no controlaba nadie, como por ejemplo, la montaña. A mí me gustaba y no había en el diario una persona que se dedicara a ello. Así que decidí abrir un espacio nuevo y me dediqué a ello.

–Y de ahí tu primer libro…

– Hubo un momento en el 2005 que le dije a Alfredo Abián [entonces, director adjunto] que quizá estaría bien que nos fuéramos al campo base del Everest y explicar todo aquel lío de la comercialización de la montaña, con agencias que hacen subir a gente inexperta. Y me dijo: “adelante”.

– Pero tú estabas preparado. Has hecho mucha montaña e, incluso, has corrido maratones…

– Bueno. No para ascender al Everest. Yo camino, hago montaña, pero no escalo. Vale, sí, he subido al Aneto y a otros picos, pero siempre andando.

– De todas maneras, has de tener cierta resistencia…

– Claro, claro. Eran como diez días de subida hasta llegar al Campo Base. Pero luego, el hecho más complicado, era quedarse allí un par de semanas, como me quedé, porque allí la altura te condiciona mucho.

– El famoso mal de altura.

– Primero la subida es un poco agónica, porque te vas encontrando mal. Entonces tienes que volver a bajar en lo que se llama ‘subida en dientes de sierra’. Te acabas aclimatando. Una vez que llegas arriba, al campo base, ves que de punta a punta puedes estar media hora caminando, porque está lleno de rocas, de grietas… Y yo, que iba como periodista, me había programado un horario como el que harías aquí, con dos entrevistas por la mañana y otro par por la tarde y te das cuenta que no puede ser, que te tienes que meter en el saco a media tarde…

– ¿Tan duro era?

– Es que estás hecho polvo. Cualquier movimiento, cualquier desplazamiento supone un esfuerzo que te agota.

– Viéndolo con perspectiva, ese viaje y esa serie de reportajes costaron un dineral.

– Eran otros tiempos y otros presupuestos. El viaje lo ajustamos bastante y salió relativamente barato, pero las transmisiones desde allí debieron costar una fortuna. Iba con teléfono vía satélite, con panel solar. Y tenía que enviar crónicas, fotos… Enviar una foto suponía una conexión de 15 minutos. Yo lo veo también como el final de una época.

– ¿Cómo llegaste a convertir esa aventura en un libro?

– Conocí casualmente a los responsables de la editorial Viena y les comenté que, si en algún momento les interesara publicar un libro sobre el Everest, podían contar conmigo. Y me lo publicaron.

– En el prólogo indicas que hay variaciones con respecto a los textos originales…

– Sí, porque cuando regresé y leí mis propias crónicas me di cuenta de que había algún error, frases torpes… Cuando escribes en esas condiciones de frío y altura te salen crónicas un poco precarias. Por eso tenía la necesidad de dejar aquello bien escrito en el libro.

– Curiosamente, sin haber escrito crónicas previas sobre Venecia, vas y publicas un libro…

– Ester Pujol, editora de Enciclopèdia Catalana, me citó para hablar sobre la idea de escribir un libro de una nueva colección llamada ‘La joie de vivre’, en Catedral (castellano) y Univers (catalán). Yo iba a ser el tercer autor, después de Diana Athill y Rafael Nadal. Le propuse escribir sobre la Antártida, a donde había viajado para acudir a una bienal de arte, pero esta idea no le acabó de convencer. Cuando me preguntó por mi última escapada fuera de Barcelona y le dije que había estado en la boda de una amiga en Venecia y que había dado un paseo de cinco horas, se le iluminaron los ojos: quería que escribiera sobre la boda y el paseo, quería un prólogo y un epílogo. Eso sí, en el epílogo metí lo de la Antártida.

– ¿Cómo te invitaron a una boda en Venecia?

– Me invitó una amiga íntima mía, Tatiana, que es rusa, pero vive en Barcelona desde el año 2000, que se casaba con un italiano y montó su boda en Venecia. El convite fue en Venissa, una finca de viñedos autóctonos, situada en la isla de Mazzorbo, con hotel y restaurante de una estrella Michelin (crec que no la té). Fue en la primavera de 2019 y escribí el libro durante los primeros meses de 2020, en plena pandemia.

– ¿Viajaste solo?

– Sí, sí. Fui solo. Si hubiera ido acompañado el libro quizá no hubiera existido. Y el paseo lo hice solo, sin saber que iba a escribir un libro. Aunque es verdad que todo lo que hago sabes que acabas aprovechándolo. Alguna nota tomé y sabía por donde iba y hacia donde quería ir. Pero no concretamente este libro.

– ¿Para escribir un libro de viajes, es mejor hacerlo solo?

– Yo creo que sí. Estás más abierto a las sensaciones. Si no, acabas encerrado en una burbuja. De todas maneras, en mi siguiente libro, Siete días en la Riviera’, hay una parte que hago solo y otra, con una amiga italiana. En este caso, a ella también le interesaba mucho el tema.

– Un libro de viajes es periodismo?

– Es periodismo más reposado, más reflexivo.

– ¿Y el periodismo es un sucedáneo de la literatura?

– No tiene porqué serlo. Para mí no lo es. Es un género literario.

 

– Me hablabas antes de un libro sobre la Riviera.

– Empieza en la Riviera italiana y tiene una segunda parte en la Riviera francesa [la Costa Azul]. El hilo conductor es Toscana y Liguria, Byron y el matrimonio Shelley. Hay alguna aparición más, como Eugenio Montale, Italo Calvino… pero el eje es ese: el triángulo amoroso / de amistad, porque todo era muy vaporoso, entre poetas malditos curando sus heridas al sol del Mediterráneo. Y todo esto tiene una réplica, 150 años después, con la llegada de los Rolling Stones a Villefranche-sur-Mer, donde grabaron el album ‘Exile on Main Street’ (1971). Y es una réplica bastante aproximada, incluso la relación Mick Jagger – Keith Richards puedes interpretarla como la de Byron y Shelley. Hay también triángulos amorosos: Anita Pallenberg, que era la mujer de Richards, tuvo al parecer una relación con Jagger. La fascinación por el Mediterráneo y su influencia en sus obras. Y yo juego con esos paralelismos. Y también cito personajes que estaban por allí en aquel momento, como Patti Smith, Jean Cocteau, que tuvo una presencia larga en Villefranche.

– Alguna de esas casas debe ser ahora de algún ruso rico…

– Sí. La que tuvo alquilada Keith Richards en 1971, es ahora de un oligarca ruso, Viktor Rashnikov, a quien se la han ‘congelado’ a raíz de la invasión de Ucrania.

– ¿Ninguna referencia cinéfila en el libro, dado que tenías Cannes a un paso?

– Déjame que me acuerde, porque hace ya unos meses que entregué el libro, aunque se publicará este otoño. Cito bastantes cosas de Cocteau, que rodó una parte de su ‘Orfeo’ en Villefranche, en una calle oscura debajo de la muralla. Y después hago referencia a las películas rodadas allí. Juego con la idea de que el technicolor lo hubieran inventado allí: el azul de la costa y del mar, el tono entre violeta y rosado de las buganvilias. El rodaje de ‘Atrapa un ladrón’; el de ‘Las zapatillas rojas’, que se filmó en una mansión, Villa Leopolda, que es ahora de una viuda brasileña y está considerada una de las propiedades más caras del mundo. Como ves, son referencias cinéfilas de la parte francesa. De la italiana no recuerdo haber incluido ninguna.

– ¿En qué momento te planteates escribir ficción?

– Hacia 2009, durante la fiesta del 40º aniversario de Tusquets. Allí conocí a Anna Soler-Pont, que ahora es mi agente, y le expliqué que estaba preparando un reportaje sobre uno misterioso cuadro de Gustave Courbet. Y me dijo que no escribiera un reportaje, que hiciera una novela. Y esa fue ‘Una flor del mal’ (2014).

– ¡Qué buen consejo!

– Me ayudaron. Escribí un primer borrador. Lo envié a la agencia. Me sugirieron algunos cambios, que parecen pequeños, pero te alteran toda la arquitectura original y tienes que reescribir la novela. Y a través de ellos he publicado también mi segunda novela, Tenía en mente escribir una tercera, pero empezaron a surgir ideas, como los libros de viajes y los temas de Vanguardia, además de otro libro relacionado con mi pasado periodístico, sobre el llamado Negro de Banyoles. Un tema que recuperé gracias a mi amigo Daniel Fernández, editor de Edhasa, quien me dijo que si alguna vez quería publicar la historia en un libro, pues que se lo dijera. Y le comenté que ya lo tenía escrito, que es ‘Naturaleza muerta’ (2020).

– En tu primera novela utilizas varias voces narrativas. ¿Fue una decisión propia o te la aconsejaron?

– Me lo planteé yo de origen y mis agentes me dieron algún consejo para que la historia funcionara mejor. La propia Anna; Ricard Domingo, que está en la agencia; Marina Penalva, que ahora está en Casanovas & Lynch y era la agente que me ayudaba. Yo me dejé ayudar. Incluso después, el libro cayó en manos de Silvia Sesé, cuando aún estaba en Destino, antes de irse de directora a Anagrama, y me hizo una serie de propuestas que también las incorporé.

– ¿Eran propuestas de contenido, de estilo, de estructura?

– Siempre hay un momento en que tu no te das cuenta y el libro decae. Y eso te lo dicen. Cuidado aquí. Desarrolla más esa parte. O me ha interesado mucho ese personaje y da más de sí. Quizá estaría bien que tuviera un poco más de desarrollo. Entonces pones el acento más en ese personaje. Te das cuenta también que tienes que hacer un caso relativo, porque en la propia agencia o en la misma editorial puede haber gente que te da consejos contradictorios. Has de decidir tú.

– En tu segunda novela, ‘La sonámbula’, cambiaste de género al protagonista, de hombre a mujer. Y metiste el oscuro mundo de las muñecas sexuales.

– Había quedado contento con la voz femenina de ‘Una flor del mal’, el personaje que escribe un diario. Y quise insistir en la experiencia. En cuanto a la idea de la muñeca viene de Tatiana, mi amiga rusa, que está metida en el mundo del arte. Ella me enseñó unas fotos de una artista danesa que se dedica a fotografiar a propietarios de muñecas. Eran unas fotos muy impresionantes a partir de las cuales me surgió la idea de incluirla en la trama. En cuanto al chat que aparece en la novela, hay mucho de real, hay muchas frases textuales de esa gente.

– Últimamente estás escribiendo de temas relacionados con Barcelona, la cultura y el futuro de la ciudad. ¿Estás pensando en entrar en política?

– ¡¡Nooo!! En el espacio que escribo los domingos, que es un artículo de opinión, me permito la osadía de ver las cosas y sugerir proyectos y tal.

– ¿Te han hecho caso?

– En alguna cosa, sí.

– ¿El actual consistorio?

– En su primera etapa, entraron dando la espalda a la cultura. Pero la incorporación a medio mandato de Joan Subirats ha cambiado mucho la sensibilidad del consistorio.

– ¿Y no te ha tanteado algún partido?

– Tengo buena relación con todos los partidos. Todos son sensibles a este tipo de temas, no sólo a los que yo sugiero, sino al propio mundo cultural. Por culpa de la pandemia y de la crisis, el sector se ha unido mucho más que antes y coordinan acciones. Ahora mantienen comunicación entre sectores que antes eran mucho más estancos. Eso hace que la administración sea mucho más sensible a sus demandas.

– ¿Tienes tiempo de ver series?

– Series veo pocas, porque he estado muy liado escribiendo. Intento ver al menos el primer capítulo de algunas para estar informado si sale en alguna conversación, porque si no te pierdes. De las que he seguido, me gustaba ‘Billions’, ‘Sex education’, que era muy divertida…

– ¿Y cine?

– Es a lo que menos voy, y me sabe mal. Tengo la suerte de vivir cerca del Phenomena, un tipo de sala que me parece el futuro del cine.

– ¿Alguna novela en perspectiva?
– Uf… ahora he acabado varias cosas y aún no he pensado en nada. Me gustaría escribir una novela pero todavía no la tengo clara. De alguna manera, pero no como eje principal, sí entrará en ella el tema de mi viaje a la Antártida. Al menos un personaje tendrá relación con ese viaje.

Txerrac Cirbián

@txerrac

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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