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La muerte de Iván Ilich. Por Oriol Pérez Treviño

Jueves, 4 de noviembre de 2021

Fue el erudito e intelectual George Steiner (1929-2020) quien acuñó la conocida expresión «la peste bubónica de lo que mola». Por extensión también podríamos hablar de la peste de lo «guay, chupi-guay, divertido Y entretenido». Pasarlo bien, cueste lo que cueste. He aquí el nuevo credo neoliberal impuesto, acríticamente, en los patrones mentales de todos nosotros. Llegados aquí, adiós a las complejidades y dificultades. Todo debe permanecer siempre en esta capa de superficialidad permanente donde todo ha quedado afectado. Todo tiene que ser divertido: desde levantarse por la mañana hasta la hora de irnos a dormir. Divertir o entretener y, claro, obligado a soportar este constante bombardeo insufrible de desgracias y tragedias de la actualidad donde se prioriza el apuñalamiento al concierto, la violación a la obra de teatro o el robo a aquellos que se digan Arrels Fundació o Cáritas, entre otros muchos, intentan ayudar a los cada día más excluidos del ente social. ¿Por qué? Porque esto nos distrae de una manera pérfida y malvada.

La literatura catalana no es una excepción y conducidos por la citada peste bubónica de lo que mola, somos incapaces de concebir grandes novelas de nueva creación que vayan más allá de las habituales 250 páginas porque, según los editores, un ridículo mercado de lectores en catalán es incapaz de aceptar e integrar. Suerte, sin embargo, tenemos de las pequeñas editoriales que a contracorriente, como los salmones, se resisten a aceptar y sacan a relucir la bandera del clásico que, según el citado Steiner, es esta forma significante que nos significa más ella, que no nosotros a ella. O lo que es lo mismo: es la obra la que nos lee más a nosotros, que no nosotros a ella. Y, precisamente, de un gran clásico quisiera escribir hoy. O más bien de un doble clásico.

Cuando todavía me estaba recuperando del impacto de la inmensa traducción al catalán realizada por Miquel Cabal de Crimen y Castigo de Fiódor Dostoievski (1821-1881), bautizada por Francesc Serès como «novela infinita», ha caído en mis manos una excepcional traducción al catalán de una no menos potente novela rusa, pero en este caso de Lev Tosltoi (1828-1910): La mort d’Ivan Ilitx (La muerte de Ivan Ilich) (1882). Se trata de una de esas obras que bueno sería que todos leyéramos cuanto antes. Y no porque una gran retahíla de intelectuales y escritores (Gandhi, Nabokov entre ellos) la hayan considerado como la mayor obra de la literatura rusa de todos los tiempos, sino porque su lectura nos lleva a una reflexión resonante a la expresada por Jaime Gil de Biedma en el conocido poema No volveré a ser joven

 

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

 

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan solo

las dimensiones del teatro.

 

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

 

Envejecer, morir, en efecto, son el único argumento de la obra, pero de este argumento surge una cuestión de la que ni la tradición espiritual, el mito o la confesión religiosa parecen ser suficientes para trascender la angustia y la lucha para indicarnos cómo vivir frente a esta realidad de la muerte. Leer La muerte de Ivan Ilich es una invitación a hacerlo de pies a cabeza.

Y lo digo porque leer La muerte de Ivan Ilich no es realizar una lectura más. Habiéndola leído, anteriomente, en más de una y dos ocasiones, he tenido el placer de leer ahora una edición realizada por la Editorial Barcino en la que recupera la traducción histórica hecha por Francesc Payarols (1896-1999) quien, junto a una figura ilustre de El Vendrell, Pau Casals aparte, como lo fue el intelectual marxista Andreu Nin i Pérez (1892-1937), es considerado uno de los primeros traductores del ruso al catalán. Aparte de un registro de lengua ágil y maleable, lo que a uno lo deja perplejo es saber que Payarols había aprendido el ruso de manera totalmente autodidacta, por lo que fue capaz de legar una traducción de la obra de Tolstoi, aunque ya existía una versión catalana realizada por otro genio, en este caso, de Valls, Robert Gerhard al margen, como lo era Narcís Oller partiendo de una traducción francesa.

Fue en 1930 cuando Francesc Payarols vio publicada su traducción de La mort d’Ivan Ilitx para poner en duda, en su prólogo, la misión redentora que Tolstoi apunta en la novela Resurrección (1899) y que había sido publicada en catalán, en 1928, por Rossend Llates (1899-1973), una figura poliédrica (poeta, escritor, compositor y traductor) y autor de unas memorias donde el título ya lo dice todo: Ésser català no és gens fàcil (Ser catalán no es nada fácil).

Recepción histórica al margen, esta edición que reproduce la edición impulsada en su momento por la Editorial Proa, cuenta con un excelente estudio introductorio de Ivan Garcia Sala que ayuda a comprender mejor el marco histórico y la excelencia de la traducción de Payarols. Pero también es un complemento a una lectura que les invito a realizar. No se asusten. Nada que ver con Crimen y Castigo de tan sólo unas 600 páginas largas, sino exactamente 132 en esta edición. 132 páginas donde somos inmersos en una de las cuestiones fundamentales y esenciales de nuestra existencia: «¿Quizás estemos viviendo como no deberíamos…?». La pregunta nos conduce a la búsqueda de un sentido ya no sólo de la realidad de la muerte, sino también del dolor (físico y moral), del sufrimiento y donde, al fin, se nos descubre una verdad resonante con la Carta de San Pablo a los Corintios: ¿Y la muerte? ¿Dónde está? La muerte de Ivan Ilich.

Oriol Pérez Treviño

@ Oriol676388017

 

LA MORT D’IVAN ILITX

 

Dijous, 4 de novembre de 2021

 

Va ser l’erudit i intel·lectual George Steiner (1929-2020) qui va encunyar la coneguda expressió «la pesta bubònica del que mola». Per extensió també podríem parlar de la pesta d’allò «guay, chupi-guay, divertit i entretingut». Passar-ho bé, costi el que costi. Heus aquí el nou credo neoliberal imposat, acríticament, en els patrons mentals de tots nosaltres. Arribats aquí, adéu a les complexitats i a les dificultats. Tot ha de romandre sempre en aquesta capa de superficialitat permanent del que n’ha quedat tot afectat. Tot ha de ser divertit: des d’aixecar-se al matí fins a l’hora d’anar-nos a dormir. Divertir o entretenir i, és clar, et veus obligat a suportar aquest constant bombardeig insofrible de desgràcies i tragèdies de l’actualitat on es prioritza l’apunyalament al concert, la violació a l’obra de teatre o el robatori a aquells que es diguin Arrels Fundació o Càritas, entre molts d’altres, intenten ajudar als cada dia més exclosos de l’ens social. Per què? Perquè això ens distreu d’una manera pèrfida i malvada.

 

La literatura catalana no n’és una excepció i emportats per l’esmentada pesta bubònica del que mola, som incapaços de concebre grans novel·les de nova creació que vagin més enllà de les habituals 250 pàgines perquè, segons els editors, un ridícul mercat de lectors en català és incapaç d’acceptar i integrar. Sort, però, tenim d’aquelles petites editorials que a contracorrent, com els salmons, es resisteixen a acceptar i treuen la bandera del clàssic que, segons el citat Steiner, és aquella forma significant que ens significa més ella que a nosaltres mateixos. O el que és el mateix: és l’obra la que ens llegeix més a nosaltres que no nosaltres a ella. I, precisament, d’un gran clàssic voldria escriure avui. O més aviat d’un doble clàssic.

 

Quan encara m’estava recuperant de l’impacte de la immensa traducció realitzada per Miquel Cabal de Crim i Càstig de Fiódor Dostoievski (1821-1881), batejada per Francesc Serès com «novel·la infinita», ha caigut a les meves mans una altra excepcional traducció d’una no menys potent novel·la russa, però en aquest cas de Lev Tosltoi (1828-1910): La mort d’Ivan Ilitx (1882). Es tracta d’una d’aquelles obres que bo seria que es llegís quan abans millor.I no pas perquè un gran reguitzell d’intel·lectuals i escriptors (Gandhi, Nabokov entre ells) l’hagin considerat com la més gran obra de la literatura russa de tots els temps, sinó perquè la seva lectura ens porta a una reflexió ressonant a l’expressada per Jaime Gil de Biedma en el conegut poema No volveré a ser joven….

 

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

 

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan solo

las dimensiones del teatro.

 

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

Envejecer, morir, en efecte, són l’únic argument de l’obra, però d’aquest argument en surt una qüestió que ni la tradició espiritual, el mite o la confessió religiosa semblen ser suficients per trascendir l’angoixa i la lluita per indicar-nos com viure al davant d’aquesta realitat de la mort. Llegir La mort d’Ivan Ilitx és una invitació de cap a peus.

 

I ho dic perquè llegir La mort d’Ivan Ilitx no és realitzar una lectura més. Havent-la llegit, anteriroment, en més d’una i dues ocasions, he tingut el plaer de llegir-ne ara una edició realitzada per l’Editorial Barcino en la que recupera la traducció històrica feta per Francesc Payarols (1896-1999) qui,  juntament amb una figura il·lustre d’El Vendrell, Pau Casals a part, com ho va ser l’intel·lectual marxista Andreu Nin i Pérez (1892-1937), és considerat un dels primers traductors del rus al català. A part d’un registre de llengua àgil, mal·leable, el que a un el deixa garratibat és saber que Payarols havia après el rus de manera totalment autodidacta, per la qual cosa va ser capaç de llegar una traducció de l’obra de Tolstoi, tot i que ja existia una anterior versió catalana feta per un altre geni,en aquest cas, de Valls, Robert Gerhard al marge, com Narcís Oller partint, però, d’una traducció francesa.

 

Va ser l’any 1930 quan Francesc Payarols va veure publicada la seva traducció de La mort d’Ivan Ilitx per posar en dubte,en el seu pròleg, la missió redemptora que Tolstoi apunta en la novel·la Resurrecció (1899) i que havia estat publicada en català, el 1928, per Rossend Llates, aquesta figura polièdrica (poeta, escriptor, compositor i traductor) i autor d’unes memòries on el títol ja ho diu tot: Ésser català no és gens fàcil.

 

Recepció històrica al marge,aquesta edició que reprodueix l’edició feta en el seu moment per l’Editorial Proa, compta amb un excel·lent estudi introductori d’Ivan Garcia Sala que ajuda a comprendre millor el marc històric i l’excel·lència de la traducció de Payarols. Però també és un complement a una lectura que els convido a realitzar. No s’espantin. Res a veure amb Crim i Càstig de tan sols unes 600 pàgines llargues, sinó exactament 132. 132 pàgines on som immersos en una de les qüestions fonamentals i essencials de  la nostra existència: «Potser estem vivim com no deuríem….?». La pregunta ens porta a la recerca d’un sentit ja no només de la realitat de la mort, sinó també del dolor (físic i moral), del patiment i on, a la fi, se’ns ens descobreix una veritat ressonant a la Carta de Sant Pau als Corintis: I la mort? On és? La mort d’Ivan Ilitx.

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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