La sabiduría de volver a ser niños. Por Oriol Pérez Treviño

Viernes, 18 de septiembre de 2026

No recuerdo haber escrito, en alguno de mis artículos, que me gusta comenzar el día con la lectura de algunos textos breves de sabiduría. Textos religiosos, literarios, filosóficos o místicos en los que puedo localizar palabras que atraviesan los siglos con una extraña capacidad de resistencia. Palabras que no se agotan cuando las sacamos de su tiempo, porque parecen haber sido escritas también para nosotros, para este presente nuestro tan seguro de sus certezas y, al mismo tiempo, tan incapaz de saber exactamente hacia dónde camina. El amor es una de esas palabras. Y quizá también lo sea la palabra niño.

San Pablo

San Pablo (5/10 d. C.-64/67 d. C.), en la primera carta a los cristianos de Corinto, escribe uno de los textos más conocidos y, probablemente, más malentendidos del cristianismo: el himno al amor. No habla solamente de un sentimiento. Habla de una manera de permanecer en el mundo. «¿De qué sirve hablar todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, poseer el don de profecía, conocer todos los misterios o tener una fe capaz de mover montañas si, en definitiva, no hay amor? Si no amara, no sería nada», escribe San Pablo. Y esta afirmación, leída hoy, conserva una fuerza casi incómoda.

¿Por qué? Porque vivimos en una época que ha convertido el conocimiento en una forma de poder, la información en una mercancía y la capacidad de explicar las cosas en una demostración de autoridad. Sabemos muchas cosas. Me atrevería a decir que demasiadas. Y, sin embargo, continuamos sin saber qué hacer con aquello que sabemos.

San Pablo lo había entendido de otra manera: «De momento conozco solo en parte». Y después llega aquella imagen extraordinaria del espejo: ahora vemos confusamente, después veremos cara a cara. El conocimiento humano es provisional, fragmentario e incompleto. Hay algo que siempre se nos escapa. Y es precisamente entonces cuando Pablo introduce el arquetipo del niño:

«Cuando yo era niño, hablaba como los niños, sentía como los niños, razonaba como los niños; pero desde que soy hombre, ya no me sirve lo que es propio de los niños».

Parece que Pablo nos esté diciendo que crecer consiste en dejar atrás la infancia: aprender a hablar de otra manera, a sentir de otra manera, a razonar de otra manera. Hacerse adulto significaría abandonar aquella primera forma de existencia, inevitablemente incompleta. Pero entonces no puedo dejar de recordar lo que Jesús de Nazaret (7/2 a. C.-32/33 d. C.) había proclamado y que lo trastoca todo. No debe sorprendernos en absoluto porque, como han señalado los grandes estudiosos del Jesús histórico, la mencionada primera carta a los Corintios (54-55 d. C.) es más antigua que los cuatro evangelios canónicos.

Jesús de Nazaret

En el Evangelio según Mateo (80-90 d. C.), cuando los discípulos preguntan quién es el más importante en el Reino de los cielos, Jesús coloca a un niño en medio de ellos y pronuncia unas palabras que han resonado durante dos milenios: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos». ¿Qué puede significar esto?

Jesús no dice que debamos volver a ser niños. No propone una regresión. No nos pide que renunciemos a la experiencia ni al conocimiento. Lo que pide es más sutil: que recuperemos algo que la vida adulta, con sus ambiciones, jerarquías y certezas, a menudo nos hace perder. Nos pide, por tanto, recuperar la humildad, la confianza y la capacidad de recibir. La posibilidad, en definitiva, de mirar el mundo sin haberlo convertido todavía en una propiedad nuestra.

Friedrich Nietzsche

Y muchos siglos después, no lo olvidemos, aparecerá Friedrich Nietzsche (1844-1900). Es difícil imaginar dos universos más alejados que el cristianismo de san Pablo y la filosofía de Friedrich Nietzsche. Nietzsche había hecho de la crítica al cristianismo de san Pablo, especialmente en El Anticristo (1889), uno de los ejes fundamentales de su pensamiento. Y, sin embargo, antes, en Así habló Zaratustra (1883-1885), cuando quiso explicar el camino de transformación del espíritu, acabó hablando también de un niño. Evidentemente, no es una casualidad literaria.

Como sabemos, Nietzsche imaginó tres metamorfosis: primero, el camello. Después, el león. Y, finalmente, el niño. Para el filósofo de Röcken, el camello es el espíritu que soporta el peso. Carga con la tradición, con el deber, con las normas, con todo aquello que ha recibido antes, hasta el punto de que ya no sabe distinguir entre aquello que ha elegido y aquello que simplemente le ha sido impuesto. Su lenguaje es el «Tú debes».

Después llega el desierto. Y es en el desierto donde el camello se convierte en león. El león, así, ya no quiere cargar más. Quiere destruir al gran dragón del «Tú debes». El león quiere decir que no, quiere conquistar su libertad. Es la rebelión contra las viejas tablas de valores, contra las verdades recibidas, contra todo aquello que pretende gobernarnos desde fuera. Pero Nietzsche sabía que el león tampoco era el final.

Parece que Nietzsche nunca llegó a leer La reacción en Alemania (1842), de Mijaíl Bakunin (1814-1876), donde este pensador socialista ruso había formulado aquello de que «la pasión por la destrucción es una pasión creadora». Con esta sentencia pretendía expresar una idea central de su pensamiento revolucionario: para que nazca un orden nuevo, es necesario destruir las estructuras del orden antiguo.

Pero Nietzsche también sabía que destruir todavía no es crear. El león ha conseguido la libertad, pero todavía no ha conseguido la inocencia. Continúa en combate con aquello que niega. Todavía necesita un enemigo. Y será entonces cuando aparecerá el niño.

Transformaciones del espíritu

El niño es la tercera transformación del espíritu. No porque sea ignorante, sino porque es capaz de empezar de nuevo. No porque no conozca el mundo, sino porque ya no necesita vivir esclavo de las certezas que lo precedieron. El niño juega, crea. El niño dice sí. Y es aquí donde la filosofía de Nietzsche adquiere una profundidad inesperada. El niño no es el principio del camino, sino, más bien, el final de una travesía. Es una segunda inocencia.

Una inocencia que ya no es la de quien todavía no ha conocido el dolor, sino la de quien lo ha conocido y, a pesar de todo, continúa siendo capaz de afirmar la vida. Y quizá sea aquí donde San Pablo, Jesús de Nazaret y Friedrich Nietzsche compartan una extraña y fecunda proximidad.

San Pablo nos dice que debemos dejar de hablar, sentir y razonar como niños. Jesús nos dice que, si no nos hacemos como niños, no entraremos en el Reino de los cielos. Nietzsche nos dice que el espíritu solo alcanza su transformación más elevada cuando se convierte en niño. Es evidente, por tanto, que no dicen exactamente lo mismo. Decirlo sería demasiado fácil y, sobre todo, sería falso afirmarlo. Ahora bien: hay una intuición común que merece ser reflexionada.

El niño no es necesariamente aquello que existe antes de la madurez. También puede ser aquello que solo podemos recuperar después de haber madurado. San Pablo habla de la superación de una infancia vinculada al conocimiento parcial. Jesús habla de recuperar una disposición interior que el adulto ha perdido. Nietzsche habla de una transformación del espíritu que pasa por la carga y por la rebelión antes de llegar a la capacidad de crear. Son, por tanto, tres caminos o, si lo prefieren, tres ideas de la transformación humana. Y compartido por los tres, el niño.

Quizá exista una forma de inocencia que no sea ignorancia. Una forma de confianza que no sea ingenuidad. Una forma de libertad que no consista simplemente en negar aquello que hemos recibido.

San Pablo finaliza, así, su himno afirmando que hay tres cosas que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero de las tres, dice, «el amor es el más grande». Resulta evidente que Nietzsche no habría aceptado esta conclusión. Su camino es otro. Su respuesta es otra. Allí donde Pablo encuentra el amor, Nietzsche busca la creación y la afirmación de la vida. Y, sin embargo, algo nos obliga a ponerlos uno frente al otro. Porque ambos sospechan de la misma tentación humana: creer que poseer es comprender.

San Pablo nos recuerda que podemos tener conocimiento y no ser nada si no amamos. Nietzsche nos recuerda que podemos haber destruido todas las cadenas y continuar sin saber qué hacer con la libertad que hemos conquistado. Quizá la madurez no consista, pues, en acumular respuestas. Quizá consista en aprender a convivir con las preguntas y las dudas. En saber que nuestro conocimiento es siempre parcial. En aceptar que no todo aquello que podemos explicar es aquello que más importa. En comprender que la libertad no consiste simplemente en decir no. Y que, después del no, algún día tiene que llegar un sí. Un sí que en Pablo se llama amor, en Nietzsche se convierte en creación y que Jesús vincula con aquel niño que coloca en medio de sus discípulos.

Por eso hay algo profundamente inquietante en aquella antigua palabra de Pablo: «Ahora conozco solo en parte». Porque aunque hayamos crecido, aunque sepamos más que nunca, aunque tengamos a nuestro alcance una cantidad de conocimiento que ninguna otra generación humana había podido imaginar, continuamos viendo como en un espejo. Todavía no somos capaces de vernos cara a cara.

Tal vez la sabiduría consista precisamente en no olvidarlo, en entender que crecer es dejar de ser aquel niño que todavía no sabe. Mucho me parece que vivir consiste en ser capaz de llegar a ser, después de todo, aquel otro niño que ya sabe que no podrá saberlo todo y que, a pesar de ello, todavía es capaz de mirar el mundo con sorpresa, de amar, de esperar, de comenzar. Y, sobre todo, capaz todavía de soñar.

Oriol Pérez Treviño

Musicólogo. Ensayista

 

LA SAVIESA DE TORNAR A SER NENS

 

Divendres, 18 de setembre de 2026

 

No recordo l’haver escrit, en algun dels meus articles, que m’agrada començar el dia amb la lectura d’alguns texts breus  de saviesa. Textos religiosos, literaris, filosòfics o místics on puc localitzat paraules que travessen els segles amb una estranya capacitat de resistència. Paraules que no s’esgoten quan les traiem del seu temps, perquè semblen haver estat escrites també per a nosaltres, per a aquest present nostre tan segur de les seves certeses i, al mateix temps, tan incapaç de saber exactament cap a on camina. L’amor és una d’aquestes paraules. I potser també ho sigui la paraula nen.

 

 

Sant Pau (5/10 d.C-64/67 d.C) , en la primera carta als cristians de Corint, escriu un dels textos més coneguts i, probablement, més malentesos del cristianisme: l’himne a l’amor. No parla només d’un sentiment. Parla d’una manera de romandre al món. De què serveix parlar totes les llengües dels homes i dels àngels, posseir el do de profecia, conèixer tots els misteris o tenir una fe capaç de moure muntanyes si, en definitiva, no hi ha amor? «Si no estimés, no seria res», escriu Sant Pau. I aquesta afirmació, llegida avui, conserva una força gairebé incòmoda.

 

Per què? Perquè vivim en una època que ha convertit el coneixement en una forma de poder, la informació en una mercaderia i la capacitat d’explicar les coses en una demostració d’autoritat. Sabem moltes coses. M’atreviria a dir que massa. I, tanmateix, continuem sense saber què fer amb allò que sabem.

 

Sant Pau ho havia entès d’una altra manera: «De moment conec només en part». I després arriba aquella imatge extraordinària del mirall: ara veiem confusament, després veurem cara a cara. El coneixement humà és provisional, fragmentari i incomplet. Hi ha alguna cosa que sempre se’ns escapa. I és precisament aleshores quan Pau introdueix l’arquetip del nen:

 

«Quan jo era un nen, parlava com els nens, sentia com els nens, raonava com els nens; però d’ençà que soc un home, ja no m’és útil el que és propi dels nens.»

 

 

Sembla que Pau ens estigui dient que créixer consisteix a deixar enrere la infantesa: aprendre a parlar d’una altra manera, a sentir d’una altra manera, a raonar d’una altra manera. Fer-se adult significaria abandonar aquella primera forma d’existència, inevitablement incompleta. Però aleshores no puc deixar de recordar el que Jesús de Natzaret (7/2 a.C-32/33 d.C) havia proclamat i ho capgira tot. No ens ha de sorprendre gens perquè com han assenyalat els grans estudiosos del Jesús històric, han assenyalat com l’esmentada primera Carta als Corintis (54-55 d.C) és més antiga que els quatre evangelis canònics.

 

A l’Evangeli segons Mateu (80-90 d.C) quan els deixebles pregunten qui és el més important en el Regne del cel, Jesús posa un infant enmig d’ells i pronuncia unes paraules que han ressonat durant dos mil·lennis: «Si no canvieu i no us feu com els nens, no entrareu pas al Regne del cel». Què pot significar això?

 

Jesús no diu que hàgim de tornar a ser nens. No proposa una regressió. No ens demana que renunciem a l’experiència ni al coneixement. El que demana és més subtil: que recuperem alguna cosa que la vida adulta, amb les seves ambicions, jerarquies i certeses, sovint ens fa perdre. Ens demana, per tant, de recuperar la humilitat, la confiança i la capacitat de rebre. La possibilitat, en definitiva, de mirar el món sense haver-lo convertit encara en una propietat nostra.

 

I molts segles després, no ho oblidem apareixerà Friedrich Nietzsche (1844-1900). És difícil imaginar dos universos més allunyats que el cristianisme de sant Pau i la filosofia de Friedrich Nietzsche. Nietzsche havia fet de la crítica al cristianisme de Sant Pau, especialment a L’Anticrist (1889), un dels eixos fonamentals del seu pensament. I, tanmateix, abans a Així va parlar Zaratustra (1883-1885) quan va voler explicar el camí de transformació de l’esperit, va acabar parlant també d’un nen. Evidentment, no és una casualitat literària.

 

Com sabem Nietzsche va imaginar tres metamorfosis: primer, el camell. Després, el lleó. I, finalment, el nen. Per al filòsof de Röcken el camell és l’esperit que suporta el pes. Carrega amb la tradició, amb el deure, amb les normes, amb tot allò que ha rebut abans fins al punt que ja no sap distingir entre allò que ha escollit i allò que simplement li ha estat imposat. El seu llenguatge és el «Tu has de».

 

Després arriba el desert. I és en el desert on el camell es converteix en lleó. El lleó, així, ja no vol carregar més. Vol destruir el gran drac del «Tu has de». El lleó vol dir que no, vol conquerir la seva llibertat. És la rebel·lió contra les velles taules de valors, contra les veritats rebudes, contra tot allò que pretén governar-nos des de fora. Però Nietzsche sabia que el lleó tampoc era el final.

 

Sembla que Nietzsche no va arribar a llegir mai La reacció a Alemanya (1842) de Milhail Bakunin (1814-1876) on aquest pensador socialista rus havia formulat allò que «la passió per la destrucció és una passió creadora».  Amb aquesta sentència pretenia expressar una idea central del seu pensament revolucionari: perquè neixi un ordre nou, cal destruir les estructures de l’ordre vell.

 

Però Nietzsche també sabia que destruir no és encara crear. El lleó ha aconseguit la llibertat, però encara no ha aconseguit la innocència. Encara resta en combat amb allò que nega. Encara necessita un enemic. I serà aleshores quan apareixerà el nen.

 

El nen és la tercera transformació de l’esperit. No perquè sigui ignorant, sinó perquè és capaç de començar de nou. No perquè no conegui el món, sinó perquè ja no necessita viure esclau de les certeses que el precedien. El nen juga, crea. El nen diu si. I és aquí on la filosofia de Nietzsche adquireix una profunditat inesperada. El nen no és el principi del camí, és, més aviat, el final d’una travessia. És una segona innocència.

 

Una innocència que ja no és la de qui encara no ha conegut el dolor, sinó la de qui l’ha conegut i, malgrat tot, continua essent capaç d’afirmar la vida. I potser sigui aquí on Sant Pau, Jesús de Natzaret i Friedrich Nietzsche comparteixin una estranya i fecunda proximitat.

 

Sant Pau ens diu que hem de deixar de parlar, sentir i raonar com nens. Jesús ens diu que, si no ens fem com nens, no entrarem al Regne del cel. Nietzsche ens diu que l’esperit només arriba a la seva transformació més alta quan es converteix en nen.

 

És evident per tant, que no diuen exactament el mateix. Dir-ho seria massa fàcil i, sobretot, seria fals afirmar-ho. Ara bé:  hi ha una intuïció comuna que mereix ser reflexionada.

 

El nen no és necessàriament allò que hi ha abans de la maduresa. També pot ser allò que només podem recuperar després d’haver madurat. Sant Pau parla de la superació d’una infantesa vinculada al coneixement parcial. Jesús parla de recuperar una disposició interior que l’adult ha perdut. Nietzsche parla d’una transformació de l’esperit que passa per la càrrega i per la rebel·lió abans d’arribar a la capacitat de crear. Són, per tant,tres camins o, si voleu, tres idees de la transformació humana. I compartits per tots tres, el nen.

 

Potser hi hagi una forma d’innocència que no és ignorància. Una forma de confiança que no és ingenuïtat. Una forma de llibertat que no consisteix simplement a negar allò que hem rebut. Sant Pau finalitza, així, el seu himne afirmant que hi ha tres coses que romanen: la fe, l’esperança i l’amor. Però de totes tres, diu, «l’amor és el més gran».

 

Resulta evident que Nietzsche no hauria acceptat aquesta conclusió. El seu camí és un altre. La seva resposta és una altra. Allà on Pau troba l’amor, Nietzsche busca la creació i l’afirmació de la vida. I, tanmateix, alguna cosa ens obliga a posar-los un davant de l’altre. Perquè tots dos sospiten de la mateixa temptació humana: creure que posseir és comprendre.

 

Sant Pau ens recorda que podem tenir coneixement i no ser res si no estimem. Nietzsche ens recorda que podem haver destruït totes les cadenes i continuar sense saber què fer amb la llibertat que hem conquerit. Potser la maduresa no consisteixi doncs, a acumular respostes. Potser consisteixi a aprendre a conviure amb les preguntes i els dubtes. A saber que el nostre coneixement és sempre parcial. A acceptar que no tot allò que podem explicar és allò que més importa. A comprendre que la llibertat no és simplement dir no. I que, després del no, algun dia ha d’arribar un sí. Un sí que en Pau s’anomena amor, en Nietzsche es converteix en creació i que Jesús vincula amb aquell infant que posa al mig dels seus deixebles.

 

Per això hi ha alguna cosa profundament inquietant en aquella antiga paraula de Pau: «Ara conec només en part». Perquè encara que hàgim crescut, encara que sapiguem més que mai, encara que tinguem a l’abast una quantitat de coneixement que cap altra generació humana havia pogut imaginar, continuem veient com en un mirall. Encara no som capaços de veure’ns cara a cara.

 

Tal vegada la saviesa consisteixi precisament a no oblidar-ho, a entendre que créixer és deixar de ser aquell nen que encara no sap. Molt em sembla que viure és ser capaç d’arribar a ser, després de tot, aquell altre nen que ja sap que no ho podrà saber tot i que, malgrat això, encara és capaç de mirar el món amb sorpresa, d’estimar, d’esperar, de començar. I, sobretot, capaç encara de somiar.

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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