Martes, 29 de septiembre de 2026
M. es una ciudad que hace tiempo parece haber decidido que su futuro será escrito en piedra, aunque la vida que transcurre entre esas piedras diga otra cosa. De vez en cuando aparece un proyecto, una rehabilitación, una plaza que se transforma, una fachada que recupera una dignidad que había perdido, un equipamiento que se presenta como la promesa de una nueva etapa, y durante unos días la ciudad parece convencida de que lo que realmente importa es dejar algo detrás, una especie de testamento arquitectónico que permita a quienes hoy gobiernan explicar mañana que hicieron algo importante. Pero la ciudad no es lo que queda fotografiado cuando termina una obra, sino lo que ocurre cuando los fotógrafos ya se han marchado y las autoridades han regresado a sus despachos. Y es precisamente entonces cuando M. revela otra naturaleza.

Los comercios van cerrando sin que nadie pueda precisar exactamente cuándo empezó la decadencia, porque las decadencias urbanas no suelen tener una fecha de inicio, sino una lenta acumulación de persianas bajadas, locales vacíos, negocios que cambian de manos, calles que pierden aquella actividad que antiguamente les daba sentido y una sensación cada vez más difícil de ignorar de que una parte de la ciudad ha dejado de producir riqueza y simplemente intenta administrar su propia pobreza. M. puede continuar hablando de revitalización mientras una parte de su tejido comercial se debilita, puede continuar presentando proyectos de futuro mientras cada vez resulta más difícil encontrar en ella determinadas formas de vida del pasado, y puede continuar convencida de que la rehabilitación de un edificio equivale a la rehabilitación de una ciudad. Es una confusión cómoda, porque restaurar una piedra es mucho más sencillo que restaurar una comunidad.
Y en esta ciudad que quiere dejar un legado arquitectónico hay también, dos veces por semana, una mujer vestida con hábito que predica, habla, exhorta o simplemente mantiene viva una especie de liturgia particular ante una sociedad que parece escucharla con la misma distancia con la que contempla los edificios que se van restaurando. Una religiosa que parece aspirar a ser santa en vida y que, de algún modo, forma también parte de este paisaje kafkiano en el que cada cual parece representar su papel mientras la ciudad continúa avanzando hacia un lugar que nadie sabe muy bien dónde está.
Quizá por eso la política de M. ha acabado adquiriendo una extraña apariencia teatral. No porque quienes gobiernan sean actores, sino porque algunos han convertido el gobierno en una forma de representación permanente en la que la fotografía, la inauguración, el proyecto y el anuncio parecen tener más consistencia que aquello que deberían transformar. Son personas que han encontrado en la política una profesión que no siempre exige haber tenido otra antes, y que han descubierto que ocupar un cargo público puede proporcionar una posición desde la que mirar la ciudad con una comodidad que no comparten necesariamente quienes viven las consecuencias de las decisiones tomadas desde los despachos. No hace falta poner nombres. Los nombres son, en el fondo, una distracción. Lo que nos interesa es el mecanismo.
Y el mecanismo se vuelve especialmente inquietante cuando el mismo gobierno que habla de recuperar el centro histórico impulsa planes de rehabilitación de sus inmuebles y, al mismo tiempo, llega a conocimiento de este cronista que quien ocupa la máxima responsabilidad municipal ha adquirido un inmueble en ese mismo centro histórico, concretamente un ático. No es necesario afirmar más de lo que se conoce ni convertir una operación patrimonial en una acusación que correspondería demostrar documentalmente; pero hay situaciones que, aunque puedan ser perfectamente legales, contienen una pregunta política que ningún gobernante debería considerar impertinente: ¿qué piensa la ciudadanía cuando quien legisla, planifica y decide sobre la transformación de un barrio acaba convirtiéndose también en propietario de un inmueble situado en dicho barrio? La pregunta no es jurídica. Es moral.
Y las ciudades como M. tienen, a veces, la particularidad de que estas preguntas desaparecen bajo otra capa de piedra, de asfalto o de pintura nueva hasta que algo las hace regresar. En M., ese algo ha sido la muerte de un ciudadano al final de la Festa Major.
Desde entonces, la ciudad ya no puede mirarse exactamente de la misma manera, porque una muerte violenta tiene la desagradable virtud de destruir las ficciones con las que una comunidad intenta explicarse a sí misma que todo funciona. Durante unos días aparecen las palabras habituales, las condenas, el dolor, las declaraciones institucionales, las explicaciones que intentan reconstruir los hechos y una narración que permita encajar una tragedia dentro de una secuencia comprensible. Pero la realidad, especialmente cuando es una realidad dolorosa, no siempre se deja ordenar con tanta facilidad.
Este cronista ha podido hablar con una persona que sostuvo a la víctima entre sus brazos mientras moría. Y resulta difícil escuchar una experiencia así y después conformarse con una narración que parece haber quedado definitivamente fijada en el imaginario público. No se trata de afirmar que el relato conocido sea falso, porque algo así corresponde a una investigación judicial y no a un artículo, sino de constatar que existe un testimonio directo que describe los hechos de una manera que introduce dudas importantes sobre algunos elementos del relato que se ha ido consolidando. La historia de una pelea que habría comenzado en un punto de la ciudad y que acabaría, más de un kilómetro después, con el apuñalamiento mortal es una explicación que quizá necesite ser revisada, contrastada y explicada con toda la precisión que merece una vida humana.
Porque cuando una persona muere, la ciudad no tiene derecho a conformarse con una historia cómoda. Y todavía existe otra circunstancia que este cronista ha conocido de primera mano y que, si se confirma documentalmente, merecería una explicación pública: la profesional que había elaborado un informe contrario a dejar en libertad vigilada al presunto agresor habría abandonado su actividad después de conocer el asesinato, especialmente después de que su informe psicológico hubiera sido desestimado por el juzgado. No corresponde a este cronista determinar responsabilidades judiciales ni atribuir intenciones a nadie, pero sí preguntarse qué significa para una sociedad que una advertencia profesional sea formulada, que aquella advertencia no sea atendida y que después se produzca exactamente aquello que la profesional había considerado necesario evitar.
Aquí es donde M. deja de ser simplemente una ciudad en decadencia y se convierte en algo más inquietante. Porque el problema ya no es solo que cierren tiendas, que haya calles degradadas, que se inviertan millones en piedra o que los gobiernos necesiten anunciar constantemente que están transformando la ciudad. El problema es la distancia que parece haberse instalado entre la realidad y la representación de la realidad, entre lo que ocurre en las calles y lo que se decide en los despachos, entre las personas que sufren las consecuencias de una ciudad cada vez más frágil y quienes pueden contemplar esa misma ciudad desde la tranquilidad de un ático.
Y entonces aparece una palabra que quizá ha sido utilizada demasiado a menudo y casi siempre sin saber exactamente qué quiere decir: wokismo. Si con esta palabra queremos describir algo, quizá no deberíamos buscarlo solamente en las guerras culturales, en las consignas o en los nuevos lenguajes políticos, sino en una manera de mirar el mundo que sustituye la realidad por su representación, que prefiere administrar los discursos antes que afrontar las consecuencias, que considera más importante la corrección de la narrativa que la incomodidad de los hechos y que acaba protegiendo la ficción mientras la realidad se deteriora a su alrededor. Pero quizá ni siquiera esto explica M.
Quizá M. sea simplemente una ciudad que ha olvidado que gobernar significa estar ante lo que ocurre y no ante lo que querríamos que ocurriera. Una ciudad no se salva porque inaugura edificios, no se salva porque redacta planes ni porque rehabilita fachadas. No se salva porque sus gobernantes puedan mostrar una fotografía tras otra explicando el legado que dejarán. Una ciudad empieza a salvarse cuando es capaz de mirar de frente aquello que no quiere ver. Y M. tiene muchas cosas que no quiere ver.
Tiene una economía urbana que se adelgaza, una pobreza que ya no es invisible, un centro histórico que necesita mucho más que subvenciones, una política que demasiado a menudo parece haber perdido el sentido de la responsabilidad y ahora, sobre todo, tiene una muerte que no puede ser absorbida simplemente por una nota institucional, una investigación policial o unos días de consternación pública. El ciudadano muerto ya no está. Ese es el único hecho que no necesita interpretación.
Y quizá esa debería ser la medida de todas las demás cosas: no cuántos millones se invierten, no cuántas fachadas se rehabilitan, no cuántos planes se aprueban, no cuántos discursos se escriben, sino cuánta vida es capaz de proteger una ciudad mientras intenta construir su futuro. Porque puede llegar un momento en que M. sea una ciudad perfectamente rehabilitada y, al mismo tiempo, completamente deshabitada de sentido.
Una ciudad de piedra nueva y vida vieja; una ciudad con proyectos pero sin proyecto. Una ciudad que, como en una historia de Kafka, continúe produciendo informes, planes, expedientes, anuncios y explicaciones mientras alguien, en algún despacho, continúa buscando el formulario que permita acreditar que todo funciona. Y mientras tanto, en las calles, la vida continúa pasando sin esperar ningún formulario. Hasta que un día alguien muere. Y entonces ya no hay ningún plan de rehabilitación capaz de reconstruir aquello que realmente se ha roto.
- O LA CIUTAT QUE S’ENFONSAMENTRE ES REFORMA
Dimarts, 29 de setembre de 2026
M. és una ciutat que fa temps que sembla haver decidit que el seu futur serà escrit en pedra, encara que la vida que transcorre entre aquestes pedres digui una altra cosa. De tant en tant apareix un projecte, una rehabilitació, una plaça que es transforma, una façana que recupera una dignitat que havia perdut, un equipament que es presenta com la promesa d’una nova etapa, i durant uns dies la ciutat sembla convençuda que allò que realment importa és deixar alguna cosa al darrere, una mena de testament arquitectònic que permeti als qui avui governen explicar demà que van fer alguna cosa important. Però la ciutat no és el que queda fotografiat quan s’acaba una obra, sinó el que passa quan els fotògrafs ja han marxat i les autoritats han tornat als seus despatxos. I és precisament aleshores quan M. revela una altra naturalesa.
Els comerços van tancant sense que ningú no pugui precisar exactament quan va començar la decadència, perquè les decadències urbanes no acostumen a tenir una data d’inici sinó una acumulació lenta de persianes abaixades, locals buits, negocis que canvien de mans, carrers que perden aquella activitat que antigament els donava sentit i una sensació cada vegada més difícil d’ignorar que una part de la ciutat ha deixat de produir riquesa i simplement intenta administrar la seva pròpia pobresa. M. pot continuar parlant de revitalització mentre una part del seu teixit comercial s’aprima, pot continuar presentant projectes de futur mentre cada vegada resulta més difícil trobar-hi determinades formes de vida del passat, i pot continuar convençuda que la rehabilitació d’un edifici equival a la rehabilitació d’una ciutat. És una confusió còmoda ja que restaurar una pedra és molt més senzill que restaurar una comunitat.
I en aquesta ciutat que vol deixar llegat arquitectònic hi ha també, dues vegades per setmana, una dona vestida amb hàbit que predica, parla, exhorta o simplement manté viva una mena de litúrgia particular davant d’una societat que sembla escoltar-la amb la mateixa distància amb què contempla els edificis que es van restaurant. Una religiosa que sembla aspirar a ser santa en vida i que, d’alguna manera, forma part també d’aquest paisatge kafkià en què cadascú sembla representar el seu paper mentre la ciutat continua avançant cap a un lloc que ningú no sap ben bé on és.
Potser per això la política de M. ha acabat adquirint una estranya aparença teatral. No perquè els qui governen siguin actors, sinó perquè alguns han convertit el govern en una forma de representació permanent en què la fotografia, la inauguració, el projecte i l’anunci semblen tenir més consistència que allò que haurien de transformar. Són persones que han trobat en la política una professió que no sempre exigeix haver-ne tingut una altra abans, i que han descobert que ocupar un càrrec públic pot proporcionar una posició des de la qual mirar la ciutat amb una comoditat que no comparteixen necessàriament aquells que viuen les conseqüències de les decisions preses des dels despatxos. No cal posar-hi noms. Els noms són, en el fons, una distracció. El que ens interessa és el mecanisme.
I el mecanisme es torna especialment inquietant quan el mateix govern que parla de recuperar el centre històric impulsa plans de rehabilitació dels seus immobles i, al mateix temps, arriba al coneixement d’aquest cronista que qui ocupa la màxima responsabilitat municipal ha adquirit un immoble en aquell mateix centre històric, concretament un àtic. No és necessari afirmar més del que es coneix ni convertir una operació patrimonial en una acusació que correspondria provar documentalment; però hi ha situacions que, encara que puguin ser perfectament legals, contenen una pregunta política que cap governant hauria de considerar impertinent: què pensa la ciutadania quan qui legisla, planifica i decideix sobre la transformació d’un barri acaba convertint-se també en propietari d’un immoble situat en aquell mateix barri? La pregunta no és jurídica. És moral.
I les ciutats com M. tenen, de vegades, la particularitat que aquestes preguntes desapareixen sota una altra capa de pedra, d’asfalt o de pintura nova fins que alguna cosa les fa tornar. A M. aquesta cosa ha estat la mort d’un ciutadà a la fi de la Festa Major.
Des d’aquell moment, la ciutat ja no es pot mirar exactament de la mateixa manera, perquè una mort violenta té la desagradable virtut de destruir les ficcions amb què una comunitat intenta explicar-se a si mateixa que tot funciona. Durant uns dies apareixen les paraules habituals, les condemnes, el dolor, les declaracions institucionals, les explicacions que intenten reconstruir els fets i una narració que permeti encaixar una tragèdia dins d’una seqüència comprensible. Però la realitat, especialment quan és una realitat dolorosa, no sempre es deixa ordenar amb aquesta facilitat.
Aquest cronista ha pogut parlar amb una persona que va tenir la víctima als braços mentre moria. I és difícil escoltar una experiència així i després conformar-se amb una narració que sembla haver quedat definitivament fixada en l’imaginari públic. No es tracta d’afirmar que el relat conegut sigui fals, perquè una cosa així correspon a una investigació judicial i no a un article, sinó de constatar que existeix un testimoni directe que descriu els fets d’una manera que introdueix dubtes importants sobre alguns elements del relat que s’ha anat consolidant. La història d’una baralla que començaria en un punt de la ciutat i que acabaria, més d’un quilòmetre després, amb l’apunyalament mortal és una explicació que potser necessita ser revisada, contrastada i explicada amb tota la precisió que mereix una vida humana.
Perquè quan una persona mor, la ciutat no té dret a conformar-se amb una història còmoda. I encara hi ha una altra circumstància que aquest cronista ha conegut de primera mà i que, si es confirma documentalment, mereixeria una explicació pública: la professional que havia elaborat un informe contrari a deixar en llibertat vigilada el presumpte agressor hauria abandonat la seva activitat després de conèixer l’assassinat, especialment després que el seu informe psicològic hagués estat desestimat pel jutjat. No correspon a aquest cronista determinar responsabilitats judicials ni atribuir intencions a ningú, però sí preguntar-se què significa per a una societat que una advertència professional sigui formulada, que aquella advertència no sigui atesa i que després es produeixi exactament allò que la professional havia considerat necessari evitar.
Aquí és on M. deixa de ser simplement una ciutat en decadència i es converteix en alguna cosa més inquietant. Perquè el problema ja no és només que tanquin botigues, que hi hagi carrers degradats, que s’inverteixin milions en pedra o que els governs necessitin constantment anunciar que estan transformant la ciutat. El problema és la distància que sembla haver-se instal·lat entre la realitat i la representació de la realitat, entre allò que passa als carrers i allò que es decideix als despatxos, entre les persones que pateixen les conseqüències d’una ciutat cada vegada més fràgil i els qui poden contemplar aquesta mateixa ciutat des de la tranquil·litat d’un àtic.
I aleshores apareix una paraula que potser ha estat utilitzada massa sovint i gairebé sempre sense saber exactament què vol dir: wokisme. Si amb aquesta paraula volem descriure alguna cosa, potser no hauríem de buscar-la només en les guerres culturals, en les consignes o en els nous llenguatges polítics, sinó en una manera de mirar el món que substitueix la realitat per la seva representació, que prefereix administrar els discursos abans que afrontar les conseqüències, que considera més important la correcció de la narrativa que la incomoditat dels fets i que acaba protegint la ficció mentre la realitat es deteriora al seu voltant. Però potser ni tan sols això explica M.
Potser M. és simplement una ciutat que ha oblidat que governar significa estar davant del que passa i no davant del que voldríem que passés. Una ciutat no es salva perquè inaugura edificis, no es salva perquè redacta plan ni perquè rehabiliti façanes. No es salva perquè els seus governants poden mostrar una fotografia darrere d’una altra explicant el llegat que deixaran. Una ciutat comença a salvar-se quan és capaç de mirar de cara allò que no vol veure. I M. té moltes coses que no vol veure.
Té una economia urbana que s’aprima, una pobresa que ja no és invisible, un centre històric que necessita molt més que subvencions, una política que massa sovint sembla haver perdut el sentit de la responsabilitat i ara, sobretot, té una mort que no pot ser absorbida simplement per una nota institucional, una investigació policial o uns dies de consternació pública. El ciutadà mort ja no hi és. Això és l’únic fet que no necessita interpretació.
I potser aquesta hauria de ser la mesura de totes les altres coses: no quants milions s’inverteixen, no quantes façanes es rehabiliten, no quants plans s’aproven, no quants discursos s’escriuen, sinó quanta vida és capaç de protegir una ciutat mentre intenta construir el seu futur. Perquè pot arribar un moment en què M. sigui una ciutat perfectament rehabilitada i, al mateix temps, completament deshabitada de sentit.
Una ciutat de pedra nova i vida vella; una ciutat amb projectes però sense projecte. Una ciutat que, com en una història de Kafka, continuï produint informes, plans, expedients, anuncis i explicacions mentre algú, en algun despatx, continua buscant el formulari que permeti acreditar que tot funciona. I mentrestant, als carrers, la vida continua passant sense esperar cap formulari. Fins que un dia algú mor. I aleshores ja no hi ha cap pla de rehabilitació capaç de reconstruir allò que realment s’ha trencat.
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