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Nos sobran las palabras y nos falta la música. Por Oriol Pérez Treviño

Viernes, 31 de mayo de 2024

Fotograma de la película «Las 3 vidas de Pedro Burruezo (2ª parte) As Sáfar / El viaje

La música constituye uno de los mayores misterios dentro de lo que conocemos, gracias a Wilhelm Dilthey (1833-1911) como manifestaciones de las ciencias del espíritu. Dogmatizados y adocenados a base de grandes dosis de materialismo y racionalismo, demasiadas veces hemos convertido este misterio en «algo» más tangible para acabar convirtiéndolo en un mero lenguaje, en una expresión, ya sea individual o colectiva, e incluso en una emoción grupal (himnos). Existe en la música y su experiencia, ya sea como creadores/intérpretes o receptores (oyentes), la posibilidad de vivir dicho misterio y una dimensión mistérica que nos corrobora como «la melodía es el supremo misterio del hombre», diciéndolo con las palabras de Claude Lévi-Strauss (1908-1009), en sus Mitológicas (1968). También Emil Cioran (1911-1995) ya nos avisó con aquello que «sólo la música puede crear una complicitat indestructible entre dos seres. Una pasión es perecedera, se degrada como todo aquello que participa de la vida; mientras que la música pertenece a un orden superior a la vida y, por supuesto, a la muerte».

 

Mucho me parece que debemos empezar a tomarnos muy en serio la pregunta del filósofo alemán Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) cuando se interrogaba «¿dónde estamos cuando escuchamos música?». Esta pregunta nos permite empezar a tomar conciencia de cómo la creación artística supone un desafío en toda regla a la muerte. La caducidad de la vida humana se ha retado en forma de procreación biológica, pero sabemos que ésta también está sometida a una condición mortal. Para entendernos, mis bisnietos también acabarán muriendo. Ante esto está el lanzamiento, esperanzado y precario, de dejar huella en forma de expresión artística. Es aquello de la literatura entendida como «letra dura y que perdura». Le Dur désir de durer de Paul Éluard.

 

Más allá de esta huella también sometida a la destrucción por el paso del tiempo, no es menos cierto que la creación artística entreabre de lleno las puertas al misterio. Hay algo que nos transciende, más allá de nosotros, y que nos afecta de lleno. Es, como asegura George Steiner, una presencia real. Posiblemente sea el contacto con esta presencia la que más explique todas aquellas literaturas que habían mostrado una última voluntad como era la de su destrucción. Todos hemos escuchado la historia de aquellos manuscritos ocultos que Franz Kafka (1883-1924) quiso destruir y que salvaguardó su amigo Max Brod (1884-1968). Este contacto con una presencia real es la que exuda detrás de la audición musical donde podemos percibir «algo». Y esto ha llevado a la formulación de la mencionada pregunta de Sloterdijk: ¿dónde estamos cuando escuchamos música?.

 

Intentando responder a la pregunta, me atrevería a decir que cuando escuchamos música somos inmersos en una dimensión del Ser que no se corresponde a nuestra habitual dimensión tridimensional, aquella descrita tan bien por la ciencia newtoniana, sino en otra dimensión que sólo la física cuántica puede decirnos algo de ella.

Foto de Francisco Almendros durante la premiere de Las 3 vidas de Pedro Burruezo (segunda parte): As Sáfar / El viaje

Es evidente que esta inmersión nos conduce a una nueva dimensión que nos desquicia. ¿Por qué? Porque rompe los cimientos de la dimensión tridimensional. Los fundamentos de ésta se basan en una de las máximas más célebres de René Descartes (1596-1650): «pienso, luego existo». Según esta premisa, cuando morimos dejamos de pensar y, consecuentemente, dejamos de existir. Sin embargo, esto está siendo puesto muy en cuestión por multitud de médicos y científicos. ¿Por qué? Porque el estudio y exploración de las llamadas Experiencias cercanas a la muerte (ECM) parece señalar una realidad muy distinta. No dudo que esta clase de experiencias son unas experiencias que más tarde que temprano tendrán que ser asumidas por nuestra enfermiza especie humana dentro de una normalidad que, por ahora, sólo es señalada con vehemencia y convicción por doctores y personalidades como Pim van Lommel, Raymon Moody, Eben Alexander, José Alonso o Manuel Sans Segarra… Déjenme decirlo. Este artículo quiere ser la entonación de un mea culpa. Intentaré explicarme.

Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos, José López Pérez, Francesc Esteve Plá y Pedro Burruezo Navarro

Asisti, este miércoles, a la proyección del preestreno de la segunda parte Las tres vidas de Pedro Burruezo As-Safar/El viaje al precioso Auditori de la Biblioteca Esquerra de l’ Eixample. Se trata de un nuevo filme del director y editor de Nosolocine José López Pérez y fue presentado, como no podía ser de otra forma, por Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos. Rodeado de amigos escuché y vi con atención este filme para darme cuenta de cómo toda aproximación y/o definición lingüística del Intangible es también su fracaso absoluto. Empezando por las palabras de este propio cronista que también aparece en el filme hablando, precisamente, sobre la muerte. He de reconocer que allí pude ver en toda la plenitud mi desastre como también el de todos los que aparecemos en el filme y hablamos sobre la, según W.A. Mozart, «mejor y mayor amiga del hombre», la gran maestra de todo: la muerte.

Debo escribirlo. Posiblemente mi sensación hubiera sido muy diferente si aquel viernes de invierno que filmamos mi intervención me hubiese atrevido a desglosar lo que, sigilosamente y con mucho miedo, afirmo con aquello que «la medicina está diciendo» sin entrar en más detalles. Aquella fue una oportunidad perdida para romper el límite de la metáfora lingüística y hablar sin tapujos de aquello que señalan dichos médicos, prestigiosos médicos, y que les lleva a cuestionarse la realidad de que la muerte sea la finitud del Ser y, por tanto, de la Vida. Pero cualquier aproximación lingüística a la conciencia superior, la bautizada por Sans Segarra como supranconciencia, es también su fracaso. De ahí que el filme sea un naufragio en toda regla en la aproximación a la realidad de la muerte, con la excepción de un momento. El momento. Es el momento en el que escuchamos una interpretación del propio Pedro Burruezo y de la Nur Camerata del tema Larache. Allí es cuando pudimos entrar en la dimensión extralingüística. No fui el único que se dio cuenta de que allí, en el transcurso de la audición de la interpretación del tema, se había presentado el Gran Misterio. Lo dijo, en el turno de palabras, el crítico Carlos Mir. En efecto, allí se pudo vivir un estado de felicidad imposible de imaginar hasta aquel momento en el filme. Me sentí con un sentido de armonía interior y comunión con el resto de asistentes. Fue una sensación tan fuerte y deliciosa que, parafraseando a Dostoiveki, la concibí como una bendición en toda regla. Valía la pena estar vivo y, por unos momentos, se rompió la ordenación de vivos y muertos, o aquellos que están en el tránsito. Quizás ésta sea la gran lección implícita de la película. Nos sobran las palabras y nos falta la música que como nos mostró Elias Canetti (1905-1994), «está siempre presente entre nosotros y sólo nos falta saber escucharla ingenuamente».


https://www.nosolocine.net/trailer-de-la-pelicula-las-3-vidas-de-pedro-burruezo-segunda-parte-as-safar-el-viaje/

Oriol Pérez Treviño

 

 

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ENS SOBREN LES PARAULES I ENS FALTA LA MÚSICA

 

Divendres, 31 de maig de 2024

 

La música constitueix un dels més grans misteris dins d’això que coneixem, gràcies a Wilhelm Dilthey (1833-1911) com a manifestacions de les ciències de l’esperit. Dogmatitzats i adotzenats, però, a base de grans dosis de materialisme i racionalisme, massa vegades hem convertit aquest misteri en «quelcom» més tangible per acabar-lo convertint en un mer llenguatge, en una expressió, ja sigui individual o col·lectiva, o fins i tot, en una emoció grupal (himnes). Hi ha en la música i la seva experiència, ja sigui com a creadors/intèrprets o receptors (oients), la possibilitat de viure un misteri i una dimensió mistèrica que ens corrobora com «la melodia és el suprem misteri de l’home», dient-ho amb els mots de Claud Lévi-Strauss (1908-1009), a les seves Mitològiques (1968). També Emil Cioran (1911-1995) ja va avisar-nos amb allò que «només la música pot crear una complicitat indestructible entre dos éssers. Una passió és perible, es degrada com tot allò que participa de la vida; mentre que la música pertany a un ordre superior a la vida i, per descomptat, a la mort».

 

Molt em sembla que ens hem de començar a prendre molt seriosament la pregunta del filòsof alemany Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) quan es demanava «a on som quan escoltem música?». Aquesta pregunta ens permet començar prendre consciència com la creació artística suposa un desafiament en tota regla a la mort. La caducitat de la vida humana s’ha retut en forma de procreació biològica, però sabem que aquesta també està sotmesa a una condició mortal. Per entendre’ns, els meus besnéts també acabaran morint. Davant d’això hi ha el llançament, esperançat i precari, de deixar empremta en forma d’expressió artística. És allò de la literatura entesa com a «lletra dura i que perdura». Le Dur désir de durer de Paul Eluard.

 

Més enllà d’aquesta empremta també sotmesa a la destrucció pel pas del temps, no és menys cert que la creació artística entreobre de ple les portes al misteri. Hi ha quelcom que ens transcendeix, més enllà de nosaltres i que ens afecta. És, com assegura George Steiner, una presència real. Possiblement sigui el contacte amb aquesta presència la que més expliqui totes aquelles literatures que havien mostrat una darrera voluntat com era la de la seva destrucció. Tots hem sentit a parlar d’aquells manuscrits ocults que Franz Kafka (1883-1924) va voler destruir i que va salvaguardar el seu amic Max Brod (1884-1968). Aquest contacte amb una presència real és la que traspúa al darrere de l’audició musical on hi podem percebre «quelcom». I això ha portat a la formulació de l’esmentada pregunta d’Sloterdijk: a on som quan escoltem música?

 

Tot intentant de respondre a la pregunta, m’atreviria a dir que quan escoltem música som immersos en una dimensió de l’Ésser que no es correspon a la nostra habitual dimensió tridimensional, aquella descrita tan bé per la ciència newtoniana, sinó en una altra dimensió que només la física quàntica ens en pot dir alguna cosa.

 

És evident que aquesta immersió ens condueix a una nova dimensió que ens trasbalsa. Per què? Perquè trenca els fonaments de la dimensió tridimensional. Els fonaments d’aquesta es basen en una de les màximes més cèlebres de René Descartes (1596-1650): «penso, doncs existeixo». Segons aquesta premissa, quan morim deixem de pensar i, conseqüentment, deixem d’existir. Això, però, està sent posat molt i molt en qüestió per multitud de metges i científics. Per què? Perquè l’estudi i exploració de les anomenades Experiències properes a la mort (ECM) semblen assenyalar una realitat molt diferent. No dubto que aquesta classe d’experiències són unes experiències que més tard que d’hora hauran de ser assumides per la nostra malaltissa espècie humana dins una normalitat que, ara per ara, només és assenyalada amb vehemència i convicció per doctors i personalitats com Pim van Lommel, Raymon Moody, Eben Alexander, José Alonso o Manuel Sans Segarra… Deixeu-m’ho dir. Aquest article és l’entonació d’un mea culpa. Intentaré d’explicar-me.

 

Vaig assistir, aquest dimecres, a la projecció de la preestrena de la segona part Las tres vidas de Pedro Burruezo As-Safar/El viaje al preciós Auditori de la Biblioteca Esquerra de l’Eixample. Es tracta d’un nou film del director i editor de Nosolocine José López Pérez i va ser presentat, com no podia ser d’una altra manera, per Miguel-Fernado Ruiz de Villalobos. Rodejat d’amics vaig escoltar i veure amb atenció aquell film per adonar-me com tota aproximació i/o definició lingüística de l’Intangible és també el seu fracàs absolut. Començant per les paraules d’aquest propi cronista que també apareix al film parlant, precisament, sobre la mort. He de reconèixer que allí vaig veure en tota la plenitud el meu desastre com també el de tots els que apareixem al film i parlem sobre la, segons W.A.Mozart, «millor i més gran amiga de l’home», la gran mestra de tot: la mort.

 

Ho he d’escriure. Possiblement la meva sensació hagués estat molt diferent si aquell divendres d’hivern que vam filmar la intervenció m’hagués atrevit a desglossar allò que, sigilosament i amb molta por, afirmo amb un «allò que la medicina està dient» sense entrar en més detalls. Aquella va ser una oportunitat perduda per haver trencat el límit de la metàfora lingüística i parlar sense embuts d’allò que assenyalen aquests metges, prestigiosos metges, i que els porta a qüestionar-se la realitat de la mort com també la finitud de l’Ésser i, per tant, de la Vida. Però qualsevol aproximació lingüística a aquesta consciència superior, la batejada per Sans Segarra com supranconsciència, és també el seu fracàs. És per això que el film és un naufragi en tota regla en l’aproximació a la mort, amb excepció d’un moment. El moment. És el moment que escoltem una interpretació del propi Pedro Burruezo i de la Nur Camerata del tema Larache. Allà és quan entrem en la dimensió extralingüística. No vaig ser l’únic que se’n va adonar que allí, en el transcurs de l’audició de la interpretació del tema, s’havia presentitzat el Gran Misteri. Ho va dir, en el torn de paraules, el crític Carlos Mir. En efecte, allà es va fer viu un estat de felicitat imposisble d’imaginar fins aquell moment. Em vaig sentir amb un sentit d’harmonia interior i comunió. Va ser una sensació tan forta i deliciosa que, parafrassejant Dostoiveki, vaig concebre-la com una benedicció en tota regla. Valia la pena estar viu i,per uns moment, es va trencar l’ordenació de vius i morts, o d’aquells que estan en trànsit. Potser aquesta sigui la gran lliçó implícita de la pel·lícula. Ens sobren les paraules i ens falta la música que com ens va mostrar Elias Canetti (1905-1994), «està sempre present entre nosaltres i només ens manca saber-la escoltar ingènuament».

 

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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