Miércoles, 9 de septiembre de 2026
Hacía días que no escribía en la sección Entre Clásicos. Y eso que no han faltado motivos. El primero de todos, mi ensimismamiento emocional y de escritura durante el cierre de un libro que trata sobre la mítica y añorada Orquestra de Cambra Teatre Lliure. Finalmente, este libro se ha terminado. Se titula Música lliure per a un país possible. L’aventura de l’Orquestra de Cambra Teatre Lliure y está prevista su publicación en noviembre de este año. Es un libro que gira en torno a un proyecto orquestal nacido en aquellos años ochenta del siglo pasado en los que todavía existía la convicción de que había que soñar, que todo estaba por hacer y que, sobre todo, todo era posible. Quizá esta última frase sea hoy más necesaria que nunca.

Porque ahora, como ya sabemos, casi todo pasa por el rancio tamiz del materialismo, la rentabilidad, las audiencias, los números y esa palabra que lo justifica casi todo: sostenibilidad. No es de extrañar, por tanto, lo que estamos viendo en las programaciones de festivales y equipamientos. La cultura ha ido perdiendo aquella dimensión de riesgo, de experimentación y de ambición que permitía entenderla no simplemente como un producto de consumo, sino como una de las formas posibles de una sociedad para pensarse a sí misma.
Ya he dicho en alguna ocasión que fueron los románticos alemanes quienes no dudaron en localizar en la música una especie de calibrador del estado moral y ético de una nación. Para los románticos no había demasiadas dudas: si la expresión musical no buscaba los grandes trascendentales, si no aspiraba a algo que fuera más allá del entretenimiento, la ciudadanía perdía unos referentes de lo absoluto.
No sé si hoy nos hemos quedado sin absolutos. Lo que sí sé es que nos hemos quedado con muy pocos referentes. Y es aquí donde, con toda la prudencia que exige una tragedia como esta, me cuesta no pensar en la muerte de Carles Vilajosana, apuñalado mortalmente durante la madrugada posterior al Correfoc de Manresa. Los hechos han conmocionado a la ciudad y la investigación judicial continúa abierta; dos menores de 15 y 16 años han sido detenidos e internados provisionalmente en régimen cerrado.

No pretendo establecer una relación causal entre una muerte violenta y la pérdida de peso de la alta cultura. Sería una simplificación grotesca. Pero sí quisiera plantear una pregunta que me parece incómoda y, precisamente por eso, necesaria: ¿qué ocurre en una sociedad cuando deja de considerar la cultura como un espacio de formación moral, de exigencia intelectual y de construcción de referentes? Hablo de cultura de élite. Sí, de élite.
Y lo digo deliberadamente. Porque parece que hoy la palabra elitismo solo sea aceptable cuando hablamos de gastronomía, de deporte, de moda o de tecnología. Nadie se escandaliza porque queramos comer en un restaurante de alta cocina o ver a deportistas de élite. Pero cuando trasladamos esta exigencia al terreno de la cultura aparece inmediatamente una especie de mala conciencia supuestamente democrática. Como si exigir excelencia cultural fuera excluyente. No lo es. La alta cultura no debería ser un privilegio. Debería ser una posibilidad.
Porque la cultura —la que exige, la que incomoda, la que no se agota en el consumo inmediato— acaba construyendo referentes. Y los referentes configuran una esfera que supera a la propia cultura. Una esfera que podríamos resumir en tres palabras que hoy parecen casi arqueológicas: verdad, belleza y bondad.
Y es esta última palabra, la bondad, la que más me cuesta quitarme de la cabeza estos días. Porque la muerte de Carles Vilajosana nos obliga a mirarnos en el espejo. Y el espejo no es nada amable.
Nos obliga a preguntarnos qué ha ocurrido con una sociedad que tiene adolescentes implicados en episodios de violencia extrema. Nos obliga a hablar de familia, escuela, servicios sociales, justicia, policía, salud mental, entorno urbano, precariedad, fracaso escolar y, también, de responsabilidad política. No de culpabilidad automática, porque la realidad humana es mucho más compleja que cualquier titular, sino de responsabilidad.
Y esta responsabilidad es de todos los que tenemos alguna capacidad de incidir en la formación de quienes vienen detrás de nosotros. Sabemos, por ejemplo, que uno de los menores detenidos había estado anteriormente internado en un centro de justicia juvenil y había quedado en libertad vigilada. Esto no explica por sí solo el crimen ni permite establecer una cadena causal sencilla. Pero sí nos obliga a preguntarnos si los mecanismos de protección, educación, seguimiento y reinserción están funcionando como deberían. Y quisiera añadir otra cuestión que me parece que a menudo queda relegada: el fracaso escolar.
No porque el fracaso escolar produzca automáticamente violencia —sería absurdo afirmarlo—, sino porque el fracaso educativo puede convertirse, cuando se combina con otros factores sociales y familiares, en fracaso de integración, de proyecto vital y de pertenencia. Hay que decirlo cuanto antes: Todo niño es una batalla. No quiero recordar quién pronunció esta frase, pero me parece una de las definiciones más exactas que pueden hacerse de la educación. Porque educar es disputar cada día un pedazo de futuro a la ignorancia, a la frustración, a la violencia, al nihilismo y a la tentación de convertir al otro en un enemigo. Y aquí aparece de nuevo la música.
No porque una sinfonía pueda impedir un crimen. No porque Mozart, Bach o Beethoven sean vacunas contra la violencia. No seamos ingenuos. La música no salva automáticamente a nadie. Pero la música puede formar una interioridad. Y esta me parece una de las grandes batallas de nuestro tiempo.
Vivimos sometidos a una estimulación sensorial permanente. Pantallas, notificaciones, vídeos, algoritmos, publicidad, influencers, opiniones instantáneas. Todo nos reclama una respuesta inmediata. Todo nos quiere conectados con el exterior. Y, paradójicamente, cuanto más conectados estamos con todo el mundo, más difícil parece que nos conectemos con nosotros mismos. Por eso he necesitado volver a Arnold Gruen.

Al día siguiente de la muerte de Carles decidí que tenía que releer El extraño que llevamos dentro. El origen del odio y la violencia en las personas y las sociedades (Arpa, 2019), del psicólogo social Arnold Gruen (1923-2015). Gruen habla del origen del odio y de la violencia y, sobre todo, de la necesidad de comprender los mecanismos que hacen posible que una persona acabe desconectándose de su propia humanidad. Y esto nos lleva inevitablemente a la escuela, a casa y también a la ciudad.

Porque una ciudad no es solo una suma de calles, equipamientos, festivales, estadísticas o campañas institucionales. Una ciudad es también una determinada manera de relacionarse con el otro. Una ciudad educa. O deseduca. Y aquí es donde me cuesta no hablar de Manresa.
Puedo hacerlo con un poco más de conocimiento de causa que otros porque la vida me hizo el regalo de nacer en esta ciudad. Pero también porque la misma vida me ha permitido conocer y vivir en otras poblaciones y, por tanto, establecer comparaciones. No entraré, sin embargo, en este terreno. Cervantes ya nos enseñó que toda comparación es odiosa.
Lo que sí puedo decir es que hace tiempo que algunos tenemos la sensación de que Manresa, como el Gregor Samsa de Kafka, se ha ido transformando en un nuevo ser monstruoso: impotente, degradado y resignado.
Por mucho que algunos aprendices de brujo quieran vendernos «la Manresa más bien parida», la realidad es más compleja. Y eso lo sabe el gobierno municipal. Lo saben también las caras que vimos durante el minuto de silencio. Aquellas caras hablaban. Expresaban dolor, impotencia y desconcierto. Y ante eso hay que tender la mano. Hay que comprender. Hay que evitar la demagogia. Pero comprender no significa excusar.
Y condenar un crimen no significa convertirlo en un arma contra una comunidad entera. Estos días hemos visto cómo el caso de Manresa era utilizado para alimentar discursos xenófobos e informaciones falsas sobre el origen de los menores detenidos. Precisamente por eso hay que separar las cosas: una sociedad madura debe poder exigir seguridad y responsabilidades sin convertir la nacionalidad, el origen familiar o la procedencia en una explicación fácil de todo. Pero también sería un error utilizar el rechazo al racismo para evitar las preguntas difíciles.
Porque las preguntas difíciles siguen ahí: ¿Qué falla cuando un adolescente acumula conductas violentas?; ¿qué falla cuando los servicios de protección no consiguen reconducir una trayectoria?; ¿qué falla en la escuela?; ¿qué falla en las familias?; ¿qué falla en una ciudad como Manresa? ¿Y qué falla en una política que parece cada vez más incapaz de abordar problemas complejos sin convertirlos en eslóganes?
Es aquí donde aparece aquella palabra griega que me parece especialmente actual: caquistocracia, el gobierno de los peores, en contraposición a aquella aristocracia —en el sentido original del término— que identificaba el gobierno de los mejores, de los más virtuosos y preparados. No hablo, por supuesto, de una aristocracia de sangre. Hablo de una aristocracia del espíritu. De una sociedad que entienda que gobernar es una responsabilidad y no una simple administración de protocolos, subvenciones, expedientes, notas de prensa y estadísticas. Y quizá este sea también el punto en el que la cultura vuelve a entrar en escena.
Porque una sociedad que deja de exigir excelencia a sus artistas, a sus intelectuales, a sus maestros y también a sus gobernantes acaba acostumbrándose a la mediocridad. Y la mediocridad, cuando se convierte en sistema, es mucho más peligrosa que la simple ausencia de talento. Y si algo le sobraba a la Orquesta de Cámara Teatre Lliure era talento.
Música lliure per a un país possible habla de una orquesta que nació cuando todavía había personas capaces de pensar que un país podía construirse también desde la cultura. Que una orquesta podía ser una herramienta de modernización. Que estrenar música contemporánea podía ser una forma de compromiso. Que llevar a un compositor desconocido a un escenario podía tener tanto sentido como programar a Beethoven. Que la exigencia artística no era un lujo, sino una necesidad.
Aquellos músicos no tenían todas las respuestas. Pero tenían preguntas. Y, sobre todo, tenían la convicción de que valía la pena planteárselas. Quizá aquí esté la diferencia entre aquella época y la nuestra.
Ellos pensaban que todo estaba por hacer. Nosotros parece que pensamos que todo está por rentabilizar. Y entre una cosa y otra hay una distancia enorme.
La misma distancia que existe entre educar y entretener, entre formar y consumir, entre pensar y reaccionar, entre tener una vida interior y limitarse a responder a los estímulos que llegan del exterior. No sé si la cultura puede llegar a salvarnos. Creerlo me parece ingenuo. Pero sí creo que una sociedad sin cultura exigente, sin escuela exigente, sin pensamiento exigente y sin una vida interior sólida es una sociedad mucho más vulnerable al odio, a la violencia, al fanatismo y a la manipulación.
Vivimos en un mundo en el que cada vez somos más dependientes los unos de los otros y, paradójicamente, cada vez nos volvemos más unos contra otros. Esta es, quizá, la gran paradoja de nuestro tiempo. Y esta es también nuestra distopía.
Por eso hoy, después de cerrar un libro sobre una orquesta desaparecida, me encuentro pensando en una ciudad herida. En un hombre que ya no está. En unos adolescentes que tendrán que responder ante la justicia por unos hechos que todavía se investigan. En unas familias. En una escuela. En una ciudad. Y en una cultura que, quizá sin darnos cuenta, hemos ido dejando sola.
Quizá la Orquestra de Cambra Teatre Lliure no fue solo una aventura musical. Era también una manera de decir que un país se construye intentando ser mejor de lo que es. Y que, a veces, para empezar a reconstruirlo, hay que volver a hacer posible aquello que hoy parece imposible: pensar, educar, exigir y soñar.
PENSAR,EDUCAR, EXIGIR I SOMIAR
Dimecres, 9 de setembre de 2026
Feia dies que no escrivia a la secció Entre Clàssics. I això que de motius no n’han faltat. El primer de tots, el meu entotsolament emocional i d’escriptura en el tancament d’un llibre que tracta sobre la mítica i enyorada Orquestra de Cambra Teatre Lliure. Finalment, aquest llibre s’ha acabat. Es titula Música lliure per a un país possible. L’aventura de l’Orquestra de Cambra Teatre Lliure i té prevista la seva publicació el mes de novembre d’enguany. És un llibre que gira al voltant d’un projecte orquestral nascut en aquells anys vuitanta del segle passat en què encara hi havia la convicció que calia somiar, que tot estava per fer i que, sobretot, tot era possible. Potser aquesta última frase sigui avui més necessària que mai.
Perquè ara, com ja sabem, gairebé tot passa pel ranci sedàs del materialisme, la rendibilitat, les audiències, els números i aquella paraula que ho justifica gairebé tot: sostenibilitat. No és d’estranyar, per tant, el que estem veient en les programacions de festivals i equipaments. La cultura ha anat perdent aquella dimensió de risc, d’experimentació i d’ambició que permetia entendre-la no simplement com un producte de consum, sinó com una de les formes possibles d’una societat per pensar-se a si mateixa.
Ja he dit en alguna ocasió que van ser els romàntics alemanys els qui no van dubtar a localitzar en la música una mena de calibrador de l’estat moral i ètic d’una nació. Per als romàntics no hi havia gaire dubte: si l’expressió musical no cercava els grans transcendentals, si no aspirava a alguna cosa que anés més enllà de l’entreteniment, la ciutadania perdia uns referents d’allò absolut.
No sé si avui ens hem quedat sense absoluts. El que sí sé és que ens hem quedat amb molt pocs referents. I és aquí on, amb tota la prudència que exigeix una tragèdia com aquesta, em costa no pensar en la mort de Carles Vilajosana, apunyalat mortalment durant la matinada posterior al Correfoc de Manresa. Els fets han commocionat la ciutat i la investigació judicial continua oberta; dos menors de 15 i 16 anys han estat detinguts i internats provisionalment en règim tancat.
No pretenc establir una relació causal entre una mort violenta i la pèrdua de pes de l’alta cultura. Seria una simplificació grotesca. Però sí que voldria obrir una pregunta que em sembla incòmoda i, precisament per això, necessària: què passa en una societat quan deixa de considerar la cultura com un espai de formació moral, d’exigència intel·lectual i de construcció de referents? Parlo de cultura d’elit. Sí, d’elit.
I ho dic deliberadament. Perquè sembla que avui la paraula elitisme només sigui acceptable quan parlem de gastronomia, d’esport, de moda o de tecnologia. Ningú no s’escandalitza perquè vulguem menjar en un restaurant d’alta cuina o veure esportistes d’elit. Però quan traslladem aquesta exigència al terreny de la cultura apareix immediatament una mena de mala consciència suposadament democràtica. Com si exigir excel·lència cultural fos excloent. No ho és. L’alta cultura no hauria de ser un privilegi. Hauria de ser una possibilitat.
Perquè la cultura —la que exigeix, la que incomoda, la que no s’esgota en el consum immediat— acaba construint referents. I els referents configuren una esfera que supera la mateixa cultura. Una esfera que podríem resumir en tres paraules que avui semblen gairebé arqueològiques: veritat, bellesa i bondat.
I és aquesta última paraula, la bondat, la que més em costa de treure’m del cap aquests dies. Perquè la mort de Carles Vilajosana ens obliga a mirar-nos al mirall. I el mirall no és gens amable. Ens obliga a preguntar-nos què ha passat amb una societat que té adolescents implicats en episodis de violència extrema. Ens obliga a parlar de família, escola, serveis socials, justícia, policia, salut mental, entorn urbà, precarietat, fracàs escolar i, també, de responsabilitat política. No pas de culpabilitat automàtica, perquè la realitat humana és molt més complexa que qualsevol titular, sinó de responsabilitat.
I aquesta responsabilitat és de tots els que tenim alguna capacitat d’incidir en la formació dels qui venen darrere nostre. Sabem, per exemple, que un dels menors detinguts havia estat anteriorment internat en un centre de justícia juvenil i que havia quedat en llibertat vigilada. Això no explica per si sol el crim ni permet establir una cadena causal senzilla. Però sí que ens obliga a preguntar-nos si els mecanismes de protecció, educació, seguiment i reinserció estan funcionant com haurien de funcionar. I voldria afegir una altra qüestió que em sembla que sovint queda relegada: el fracàs escolar.
No perquè el fracàs escolar produeixi automàticament violència —seria absurd afirmar-ho—, sinó perquè el fracàs educatiu pot convertir-se, quan es combina amb altres factors socials i familiars, en fracàs d’integració, de projecte vital i de pertinença. Cal dir-ho quan abans millor: Tot nen és una batalla. No vull recordar qui va pronunciar aquesta frase, però em sembla una de les definicions més exactes que es poden fer de l’educació. Perquè educar és disputar cada dia un tros de futur a la ignorància, a la frustració, a la violència, al nihilisme i a la temptació de convertir l’altre en un enemic. I aquí apareix de nou la música.
No perquè una simfonia pugui impedir un crim. No perquè Mozart, Bach o Beethoven siguin vacunes contra la violència. No siguem ingenus. La música no salva automàticament ningú. Però la música pot formar una interioritat. I aquesta em sembla és una de les grans batalles del nostre temps.
Vivim sotmesos a una estimulació sensorial permanent. Pantalles, notificacions, vídeos, algoritmes, publicitat, influencers, opinions instantànies. Tot ens reclama una resposta immediata. Tot ens vol connectats amb l’exterior. I, paradoxalment, com més connectats estem amb tothom, més difícil sembla que ens connectem amb nosaltres mateixos. Per això he necessitat tornat a Arnold Gruen.
L’endemà de la mort d’en Carles vaig decidir que havia de rellegir El extraño que llevamos dentro. El origen del odio y la violencia en las personas y las sociedades (Arpa,2019) del psicòleg social Arnold Gruen (1923-2015). Gruen parla de l’origen de l’odi i de la violència i, sobretot, de la necessitat d’entendre els mecanismes que fan possible que una persona acabi desconnectant-se de la seva pròpia humanitat. I això ens porta inevitablement a l’escola, a casa i també a la ciutat.
Perquè una ciutat no és només una suma de carrers, equipaments, festivals, estadístiques o campanyes institucionals. Una ciutat és també una determinada manera de relacionar-se amb l’altre. Una ciutat educa. O deseduca. I aquí és on em costa no parlar de Manresa.
Ho puc fer amb una mica més de coneixement de causa que altres perquè la vida em va fer el regal de néixer en aquesta ciutat. Però també perquè la mateixa vida m’ha permès conèixer i viure en altres poblacions i, per tant, establir comparacions. No entraré, però, en aquest terreny. Cervantes ja ens va ensenyar que tota comparació és odiosa. El que sí que puc dir és que fa temps que alguns tenim la sensació que Manresa, com el Gregor Samsa de Kafka, s’ha anat transformant en un nou ens monstruós: impotent, degradat i resignat.
Per molt que alguns aprenents de bruixot vulguin vendre’ns «la Manresa més ben parida», la realitat és més complexa. I això ho sap el govern municipal. Ho saben també les cares que vam veure durant el minut de silenci. Aquelles cares parlaven. Expressaven dolor, impotència i desconcert. I davant d’això cal estendre la mà. Cal comprensió. Cal evitar la demagògia. Però comprendre no vol dir excusar.
I condemnar un crim no vol dir convertir-lo en una arma contra una comunitat sencera. Aquests dies hem vist com el cas de Manresa era utilitzat per alimentar discursos xenòfobs i informacions falses sobre l’origen dels menors detinguts. Precisament per això cal separar les coses: una societat madura ha de poder exigir seguretat i responsabilitats sense convertir la nacionalitat, l’origen familiar o la procedència en una explicació fàcil de tot. Però també seria un error utilitzar el rebuig al racisme per evitar les preguntes difícils.
Perquè les preguntes difícils continuen allà: Què falla quan un adolescent acumula conductes violentes?; què falla quan els serveis de protecció no aconsegueixen reconduir una trajectòria?; què falla a l’escola?; què falla a les famílies? què falla en una ciutat com Manresa? I què falla en una política que sembla cada vegada més incapaç d’abordar problemes complexos sense convertir-los en eslògans?
És aquí on apareix aquella paraula grega que em sembla especialment actual: caquistocràcia, el govern dels pitjors, en contraposició a aquella aristocràcia —en el sentit original del terme— que identificava el govern dels millors, dels més virtuosos i preparats. No parlo, és clar, d’una aristocràcia de sang. Parlo d’una aristocràcia de l’esperit. D’una societat que entengui que governar és una responsabilitat i no una simple administració de protocols, subvencions, expedients, notes de premsa i estadístiques. I potser aquest és també el punt on la cultura torna a entrar en escena.
Perquè una societat que deixa de demanar excel·lència als seus artistes, als seus intel·lectuals, als seus mestres i també als seus governants acaba acostumant-se a la mediocritat. I la mediocritat, quan es converteix en sistema, és molt més perillosa que la simple absència de talent. I si alguna cosa li sobrava a l’Orquestra de Cambra Teatre Lliure era talent.
Música lliure per a un país possible parla d’una orquestra que va néixer quan encara hi havia persones capaces de pensar que un país podia construir-se també des de la cultura. Que una orquestra podia ser una eina de modernització. Que estrenar música contemporània podia ser una forma de compromís. Que portar un compositor desconegut a un escenari podia tenir tant sentit com programar Beethoven. Que l’exigència artística no era un luxe, sinó una necessitat. Aquells músics no tenien totes les respostes. Però tenien preguntes. I, sobretot, tenien la convicció que valia la pena fer-se-les. Potser aquí hi ha la diferència entre aquella època i la nostra.
Ells pensaven que tot estava per fer. Nosaltres sembla que pensem que tot està per rendibilitzar. I entre una cosa i l’altra hi ha una distància enorme.
La mateixa distància que hi ha entre educar i entretenir, entre formar i consumir, entre pensar i reaccionar, entre tenir una vida interior i limitar-se a respondre als estímuls que arriben de fora. No sé si la cultura pot arribar salvar-nos. Creure-ho em sembla ingenu. Però sí que crec que una societat sense cultura exigent, sense escola exigent, sense pensament exigent i sense una vida interior sòlida és una societat molt més vulnerable a l’odi, a la violència, al fanatisme i a la manipulació.
Vivim en un món en què cada vegada som més dependents els uns dels altres i, paradoxalment, cada vegada ens tornem més els uns contra els altres. Aquesta és, potser, la gran paradoxa del nostre temps. I aquesta és també la nostra distopia.
Per això avui, després de tancar un llibre sobre una orquestra desapareguda, em trobo pensant en una ciutat ferida. En un home que ja no hi és. En uns adolescents que hauran de respondre davant la justícia per uns fets que encara s’investiguen. En unes famílies. En una escola. En una ciutat.
I en una cultura que, potser sense adonar-nos-en, hem anat deixant sola. Potser l’Orquestra de Cambra Teatre Lliure no va ser només una aventura musical. Era també una manera de dir que un país es construeix intentant ser millor del que és. I que, de vegades, per començar a reconstruir-lo, cal tornar a fer possible allò que avui sembla impossible: pensar, educar, exigir i somiar.
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